Gösta Berlings Saga (La leyenda de Gösta Berling), de Mauritz Stiller (1924)

 

 

© Sinopsis argumental y comentario por ENRIQUE  CASTAÑOS

 

 

Guión: Mauritz Stiller y Ragnar Hyltén-Cavallius, según la novela homónima de la escritora sueca Selma Lagerlöf, publicada en 1891.

Fotografía: Julius Jaenzon.

Interiores: Vilhelm Bryde.

Productora: Svensk Filmindustri.

184 m. Muda. B/N.

La película fue rodada durante casi seis meses en 1923 y presentada, la primera parte, el 10 de marzo de 1924, y la segunda parte el día 24 del mismo mes. En la versión rodada inicialmente por Mauritz Stiller, la primera parte tenía 2345 metros y la segunda 2189 metros. La versión vista por mí, y en la que me baso para escribir lo que sigue, es la copia restaurada en 1975 por el Svenska Filminstitutet (Swedish Film Institute).

 

Reparto:

Lars Hanson………………………..Gösta Berling.

Gerda Lundesquit (Lundeqvist)……Margaretha Samzelius, esposa del Comandante.

Greta Garbo………………………..condesa Elizabeth Dohna.

Ellen Hartman-Cederström………..condesa Martha Dohna.

Torsten Hammarén………………..conde Henrik Dohna.

Mona Mårtensson………………….Ebba Dohna.

Karin Swanström (Svanstrom)…….Gustafva Aurore Sinclaire.

Sixten Malmerfeldt (Malmerfelt)….Melchior Sinclaire.

Jenny Hasselqvist………………….Marianne Sinclair.

Otto Elg-Lundberg…………………Comandante Samzelius.

Svend Hornbeck……………………Christian Bergh, uno de los caballeros.

Hugo Rönnblad…………………….Beerencreutz, uno de los caballeros.

Sven Scholander……………………Sintram, uno de los caballeros.

Hilda Forslund……………………..Madre de Margaretha Samzelius.

 

Debe consultarse el importante ensayo del crítico sueco Bengt Idestam-Almquist (Turku, Finlandia, 1895 – Enskededalen, Suecia, 1983), titulado Cine sueco. Drama y Renacimiento (Buenos Aires, Losange, 1958; traducción de la edición italiana de Alberto Óscar Blasi). El capítulo XIV está enteramente dedicado a nuestra película. Me referiré a algunos de sus comentarios a lo largo de mi sinopsis del filme. Es posible―tomo el dato de la Stockholms Stadsbibliotek―que el libro sea el que se editó originalmente en Estocolmo en 1952, con una introducción de Victor Sjöström, con el título Classics of the Swedish cinemathe Stiller & Sjöström period (una prueba podría ser que, al referirse el mencionado crítico a otro filme anterior de Stiller, Herr Arnes Pengar, de 1919, dice en la página 167 que fue «realizado hace treinta y cuatro años»). Otro libro anterior muy destacado de este crítico (¿o se trata de la primera versión del mismo ensayo?) es el que se editó en Estocolmo en 1939, con el título Svenska filmens drama – Sjöström och Stiller. Al no ser la edición española una traducción directa del original, se aprecian numerosos errores sintácticos y gramaticales.

 

SINOPSIS Y COMENTARIO DE ©ENRIQUE CASTAÑOS.

 

La acción transcurre en la región sueca de Värmland, donde se sitúa el lago Löfven (Löven). El principal lugar de toda la acción es la gran mansión de Ekeby, rodeada de leyendas. La época es la de las guerras napoleónicas, a principios del siglo XIX, en torno a 1800-1804. La vestimenta de los personajes, los peinados y los muebles son de la época del Consulado y estilo Imperio. Se llegó a emplear un juego de café auténtico de 1820. No obstante, es cierto, como dice Bengt Idestam-Almquist, que la caoba de la época del Consulado y del estilo Imperio fue sustituida por la madera de abedul sueco. Ello no resta nada al logro de la ambientación. Para tener un modelo de referencia seguro, en relación con los muebles, vestimenta y peinados que observamos en la película, pensemos que muy buenos ejemplos podrían ser algunos cuadros del pintor Jacques-Louis David, tales como el retrato de Madame Raymond de Verninac (1798-1799), el retrato de Madame Récamier (1800), el retrato de Napoleón en su gabinete (1812) y el retrato de Madame Tangry y sus hijas, pintado ya en el exilio en Bruselas (1818).

A pesar de las críticas recibidas, las dificultades para adaptar una novela tan extensa como la de Selma Lagerlöf, eran muy grandes. De ahí el extraordinario ejercicio de síntesis de Stiller, que siempre consideró, además, al cine como un arte autónomo, en absoluto subordinado a la literatura. Más aún que en ésta, sus auténticas fuentes de inspiración son la pintura, la arquitectura y la música. No obstante, la presencia de la gran novelista sueca es indiscutible, quien, a su vez, debió sentir una profunda admiración por Guerra y paz de León Tolstoi, la inmortal novela del gran escritor ruso, fallecido en 1910, al año siguiente de que Selma fuese reconocida con el Premio Nobel, la primera mujer en recibirlo. Cuando Selma vio la película, no quedó satisfecha en absoluto, debido a los cambios introducidos por Stiller respecto del guión que la escritora había visto inicialmente y al que había dado su consentimiento. Por ejemplo, la discusión en el interior de la iglesia, cuando Gösta Berling es todavía párroco, disgustó profundamente a Selma Lagerlöf, «pero el filme ya había sido exhibido en todo el país, y no quise levantar un escándalo con mis protestas», escribió Selma en una carta, un extracto de la cual reproduce Bengt Idestam-Almquist en su ensayo (Cine sueco, pág. 216). La duración del filme es considerable, tres horas, y, sin embargo, Stiller no tiene más remedio que concentrar la acción en lo fundamental, sin olvidar, como nunca lo hace, el dibujo más exacto posible de los caracteres, a los que solía perfilar incluso en pocos segundos, sabiendo extraer aspectos escondidos inimaginables de un rostro. De nuevo la presencia de la naturaleza, de los paisajes nevados, de los árboles y del lago, es una de sus señas de identidad, así como del otro gran exponente del cine sueco del periodo mudo, Victor Sjöström. A pesar de esos cambios en el guión original, que tanto contrariaron a Selma Lagerlöf y que han sido criticados hasta la saciedad, es muy posible que la película de Mauritz Stiller continúe estando mucho más viva que la novela en la que se inspira. El propio Bengt Idestam-Almquist pondera sin ambages el guión original, afirmando «que no tiene parangón. Las escenas son tan fuertes y grandiosas, que el papel se dobla bajo su peso. Hay una explosión en cada página. Una tensión dramática sin igual. El interés no reside en los acontecimientos exteriores, sino en el alma de cada personaje. Se conmueven como volcanes. Son inspirados por fuerzas internas, ya hermosas, ya reprobables, según las situaciones, que les empujan como centellas. Sentimientos hermosos, heroicos, conmovedores, tiernos, excusables, edificantes. Pero también malvados, dañosos, odiosos, en su egoísta ambición. Fuerzas destructoras» (Cine sueco, págs. 214-215). Sin embargo, a continuación admite que este guión no era posible ser seguido al pie de la letra por Stiller, de tal modo «que lo que interesa a Stiller no es la interioridad de los personajes, sino su tipo exterior, los acontecimientos explosivos y pintorescos. Y estos tipos exteriores y las escenas cargadas de acontecimientos han sido vertidas con una fuerza impetuosa» (Cine sueco, pág. 215). Discrepo de esta opinión, en cuanto que la pintura de los conflictos internos de los personajes, sus caracteres y temperamentos, siguen poseyendo la preeminencia, sin obstáculo de integrarse magistralmente en el conjunto. Mauritz Stiller no podía hacer una película que fuese fiel por completo a la novela, que tiene entre quinientas y seiscientas páginas. Además, la autonomía de la obra de arte se lo impedía. Él no traiciona el espíritu de la novela, pero está obligado a efectuar un ímprobo ejercicio de síntesis. No obstante, los personajes principales, en absoluto quedan desdibujados; eso sí, es posible que sean más los personajes de Mauritz Stiller que los de Selma Lagerlöf. Pero esto es consubstancial a un gran artista.

 

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*Primera Parte / En la secuencia inicial, los doce caballeros que habitan la gran mansión de Ekeby, celebran la Navidad. Están alojados allí por expreso deseo de su dueña, Margaretha Samzelius, esposa del comandante Samzelius. Margaretha recibió ese legado (aunque todavía no se dice nada) de su antiguo amante, Altringer, ya fallecido. El testamento establecía que Ekeby fuese para ambos esposos, pero quien disponía en el lugar era Margaretha, cuyo apellido de soltera era Celsing. Stiller, igual que hiciera en su película Johan (1921), especialmente en la cabaña del viejo pescador durante las escenas finales, vuelve a filmar el techo, con sus vigas de madera, donde se encuentran los alegres bebedores. Su adelanto a Orson Welles en Citizen Kane (1941) resulta innegable en este aspecto de la concepción del espacio.

Durante la fiesta, uno de los caballeros, Gösta Berling, recuerda, a través de un prolongado flashback, los tiempos en que era pastor protestante de una parroquia, entregándose desordenadamente a la bebida, hasta que un día, después de un inspirado sermón en la iglesia, que arranca las lágrimas de algunas de las mujeres asistentes, de pronto, como intuyese que el propio obispo había asistido debido a las quejas contra él de parte de la feligresía, y como viese que la representación jerárquica estaba satisfecha, pero sin dejar de preguntar a la concurrencia si tenían algo que decir del pastor, entonces, Gösta Berling, ante el silencio general, se enfrenta inesperadamente con todos los asistentes, llamándoles hipócritas y diciéndoles en su propia cara que quién es el que se atreve a acusarlo de borracho. Sí, es un bebedor, y conforme salga de allí se encaminará a la taberna. La incredulidad inicial deriva en un tumulto que provoca incluso miedo en el obispo y sus acompañantes. A Gösta Berling algún que otro feligrés intenta arrojarle algo, pero él no ceja de despotricar y de gritar contra todos. Las consecuencias de su soflama enardecida son muy severas. Es expulsado del sacerdocio por sus superiores.

Consigue un trabajo como preceptor de Ebba Dohna, en la gran propiedad de Borg, en casa de la condesa viuda Martha Dohna, quien, desde su primera aparición en pantalla, tratando despectivamente a la servidumbre, es perfectamente retratada por el realizador. Gösta Berlin ha sido llamado por la propia Martha, quien ha urdido un plan maquiavélico para arrebatarle el gran dominio de Borg a Ebba, una hermosa joven, muy religiosa, que perdió a su madre hace algún tiempo. Lo que pretende Martha es que Ebba y Gösta se enamoren, de tal modo que, al comprometerse en matrimonio, Ebba perdería la finca de Borg, al casarse con un plebeyo. De ese modo, Borg iría a incrementar la herencia de su hijo único, Henrik. Parece deducirse que Ebba es hijastra de Martha (en la novela, Ebba es hermana de Henrik).

Henrik se ha casado en Italia, en la localidad de Ancona, con Elizabeth (ya veremos que ese matrimonio no es jurídicamente válido según las leyes suecas de entonces, por lo que tendrán más adelante que cumplimentar unas formalidades burocráticas), una hermosísima joven que no aporta dote alguna al enlace. De ahí el rechazo que provoca desde el principio en la interesada, mezquina y calculadora condesa Martha Dohna. Según el plan de ésta, Gösta Berling se enamora efectivamente de la dulce Ebba, prometiéndose y declarándose ambos su amor, especialmente Ebba a Gösta, en el parque de Borg, junto al monumento erigido en memoria de la madre de Ebba. Se abrazan con pasión verdadera, pero, inquiere Gösta, ¿cómo un sacerdote depuesto puede hacerle a una mujer semejante promesa?

Margaretha Samzelius es la mujer más poderosa de Värmland. Además de Ekeby, posee seis fundiciones. Con las grandes fiestas que periódicamente ofrecía, Margaretha brillaba en Ekeby. En los banquetes, siempre se presentaban sus doce caballeros para animar el ambiente. No puede dudarse de las resonancias simbólicas del número doce, no tanto en sentido veterotestamentario o evangélico, que no viene ahora al caso, sino en relación con los doce caballeros de la Tabla Redonda del ciclo artúrico, o en relación con los Doce Pares de Francia, por no hablar de que el Estado etrusco, anterior al dominio de Roma, estaba dividido en doce ciudades federadas, así como del hecho de que Rómulo, uno de los dos hermanos fundadores legendarios de Roma en 753 a. C., instituyó doce lictores, esto es, los oficiales que precedían a los principales magistrados de la antigua Roma, llevando un haz de varas (Juan-Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Barcelona, Labor, 1982, pág. 174). En uno de los banquetes, vemos a dos criados cuchicheando en un altillo. Hablan de que la posesión de Ekeby se debe a la generosidad de Altringer, el amante fallecido de Margaretha, algo que sabe todo Värmland. En su testamento, Altringer le dejó también siete fundiciones. Asimismo, corre el rumor de que el comandante Samzelius está al corriente de las antiguas infidelidades de su esposa.

En la siguiente toma vemos cómo Elizabeth aprecia sinceramente a Gösta Berling como profesor y amigo, estando ya prometido a Ebba. También Gösta Berling ha sido fugazmente su preceptor.

Lars Hanson y Greta Garbo en GÖSTA BERLINGS SAGA (Mauritz Stiller, 1924).

En una de esas deslumbrantes fiestas, Martha tiene la desfachatez de contarle sus mezquinos y egoístas planes para con Ebba a Elizabeth. Además, según el testamento (se supone que el del padre de Ebba; más extraño sería que fuese de la madre muerta; en cualquier caso, no se aclara en la película), para que Ebba herede Borg, tiene que casarse necesariamente con alguien de la nobleza. De ahí los tejemanejes para que se case con el plebeyo de Gösta Berling. Pero Ebba se acerca adonde se hallan sentadas ambas mujeres, y, sin que ellas la vean, escucha lo suficiente, quedando patente su dolor por el desengaño sufrido. Elizabeth se percata de su presencia, y, ante la altiva indiferencia de Martha, se presta voluntariosa a consolarla, siguiéndola hasta el carruaje de Henrik. Ambas se introducen solas en el interior y Ebba da la orden al cochero para que la lleve a su casa. Esta decisión ofenderá posteriormente a Martha, para quien Ebba no tiene derecho a coger por su cuenta el coche de su hijo. En el interior del carruaje, Ebba y Elizabeth conversan, especialmente la italiana, que consuela a la huérfana. Elizabeth le dice que está segura de que Gösta no sabe nada del plan urdido por Martha. Ebba le contesta que ha desperdiciado su amor por un hombre sin valor. Llegan a casa de los Dohna. Allí está Gösta Berling, en lo alto de la escalera. Las ve; comienza a descender y Ebba lo contempla desde abajo. «Esconder mi vergüenza; ése ha sido mi único crimen», le dice Gösta a Ebba. Casi enteros primeros planos espléndidos de Elizabeth, envuelta toda ella en un flou vaporoso, desdibujando suavemente los contornos, al modo del sfumato leonardesco, o de algunos retratos de la fotógrafa inglesa Julia Margaret Cameron del decenio de 1860. Por primera vez en la historia del cine, esta desconocida muchacha sueca, nacida en Estocolmo en septiembre de 1905 con el nombre de Greta Lovisa Gustafsson, y que sería mundialmente conocida muy pronto como Greta Garbo, aparece ante las cámaras, y lo hace emanando una belleza intemporal, misteriosa, melancólica, una extraña y ecléctica síntesis entre el clasicismo griego de la época de Pericles, los dibujos de Leonardo y algunos cuadros de los prerrafaelistas ingleses de la segunda mitad del siglo XIX, especialmente del que durante un tiempo fuese su jefe de filas, Dante Gabriel Rossetti. Se ha repetido hasta la saciedad, pero el descubrimiento de Mauritz Stiller fue sencillamente asombroso y único. Podía sentirse legítimamente orgulloso de haberlo hecho. En esta su primera actuación, la cámara de Julius Jaenzon logró unos planos de ella que justamente han pasado al archivo de la eterna belleza de las criaturas humanas, rozando esa belleza casi divina que tanto anhelaban los genios del Alto Renacimiento italiano, influidos o no por el pensamiento neoplatónico de Marsilio Ficino y de Pico della Mirandola. Gösta Berling debe marcharse, son las palabras de Ebba a Elizabeth. Ésta, por su parte, le ruega delicadamente a Gösta que no se vaya, pues todos gustan de su presencia. Maravillosa conversación, demasiado breve para tanta pasión escondida, entre Elizabeth y Gösta Berling al pie de la escalera. Los planos de Elizabeth se suceden, a cual más inefable. Gösta Berling reconoce delante de Elizabeth que ella ha deseado lo mejor para todos, pero que ya no hay vuelta atrás. Éste es su destino. Hermosísimos planos de ella, viéndosele la cabeza y los hombros, aquélla ligeramente ladeada hacia la derecha del cuadro, revelando una inesperada y excepcional fotogenia. «Ningún hombre que ama a una mujer, puede estar maldecido», le contesta Elizabeth, en alusión a su amor por Ebba. Con el cabello delicadamente rizado recogido por una cinta, según la moda de la época del Consulado, las facciones de la que está hablando, con sus finos labios, sus ojos lánguidos, párpados alicaídos, despejada frente, cuello esbelto como el de una diosa de Botticelli, mentón y mejillas suavemente modeladas, no pueden por menos que representar un ideal de perfección y de belleza, el ideal de Mauritz Stiller, irreal, casi incorpóreo, angelical, donde la definición sexual ha desaparecido ya, se ha vuelto etérea, evanescente, inconcreta, inmaterial. Ya tenemos aquí, en su primera película, a Greta Garbo, con apenas diecinueve años, en toda su imprecisa y escurridiza belleza, una belleza que, probablemente, no sería superada ni tan siquiera por ella misma en el futuro. Asimismo, los casi primeros planos de Lars Hanson en su papel de Gösta Berling son extraordinarios, revelando a un actor consumado. Al poco, llegan Martha y su hijo Henrik, prosaicos, interesados y vulgares en sí mismos, sin necesidad de compararlos con los otros tres personajes que los han precedido. Henrik, que ha oído algo de lo que decía su esposa, se dirige a ella diciéndole que está hablando de cosas de las que no entiende. Le estrecha la mano al preceptor y a continuación le exige a Elizabeth que pida perdón a Gösta Berling. El plano de Greta Garbo que surge ahora en la pantalla es inolvidable, de una incomparable belleza; no sabemos si estamos ante un ángel, una ninfa o una diosa. Su mirada es absolutamente romántica; su semblante, sublime. Henrik está humillándola. Insiste en que pida perdón al preceptor de Ebba y bese su mano. Advertido por su madre durante el trayecto de vuelta, el estúpido de Henrik, incapaz de pensar por sí mismo, intenta evitar que el sibilino plan de su madre, la condesa Martha Dohna, se venga abajo. Incluso llega a decirle inexplicablemente a su esposa que si lo que está buscando es que se bata en duelo con Gösta Berling. Henrik extrae una tarjeta de visita del interior de la chaqueta, pero, entonces, Elizabeth reacciona con resolución: se la arranca de las manos y la rompe, arrojando los trozos al suelo. La italiana se dirige a Gösta Berling, quien contempla atónito e indignado cómo madre e hijo están rebajando a tan noble y delicada criatura. Elizabeth, sin embargo, le suplica que le acerque su mano, a fin de besarla y pedirle perdón, demostrándoles así, le dice, que debe ser obediente. Pero es ella la que extiende sus hermosos brazos, ofreciéndoselos a él, quien le besa apasionadamente las manos. Inmediatamente después de esta acción, Gösta Berling abandona la casa de los Dohna, permaneciendo Elizabeth sentada―pues sentada le tendió sus brazos al hermoso joven―, doblando ligeramente el cuerpo hacia un lado. Fundido en negro.

Fue después de este incidente, que Gösta Berling convirtióse en caballero de Ekeby. Hasta aquí ha llegado el flashback en el que ha recordado su pasado. De nuevo volvemos al principio del filme, cuando los caballeros descansan ebrios y agotados de la celebración navideña, en la que se han divertido mucho, pero también se han asustado, sobre todo cuando Sintram, en secreto y a instancias de Gösta Berling, aparece por entre unos escombros, rodeado de pequeñas explosiones de fuego, convertido en demonio, convocado teatral y declamatoriamente por Gösta, que logra engañar y asustar a sus conmilitones de correrías. Cuando le arranca el disfraz de la cabeza, todo queda en un susto, que se disipa pronto una vez que Beerencreutz entona una canción acompañado de la guitarra. Pero todo eso ha sucedido antes de la remembranza de Gösta Berling, quien, después de tan prolongado recordatorio, se incorpora. Su estado de ánimo roza la desesperación. Por un instante, su mente evoca la promesa que le hizo en el parque de Borg a Ebba. Extrae de su bolsillo una carta de Elizabeth, en la que le informa que para Ebba todo se derrumbó una vez que él la dejó. Llegó a decir que había dedicado su amor a quien no se lo merecía, palabras que repetía frecuentemente durante su enfermedad, una neumonía. Al fin, escribe Elizabeth en su corta misiva, Ebba ha muerto. Y termina: «Estas son las tristes noticias que le envío. Elizabeth». La desesperación de Gösta Berling se acrecienta. Decide suicidarse, pero antes escribe sobre el muro una suerte de testamento-despedida: «Aquí yace el caballero Gösta Berling, párroco depuesto, acusado de haber destruido aquello que más quería en el mundo». En el último instante, cuando ya sostiene con una de sus manos la alargada pistola, irrumpe de improviso la Comandante, Margaretha Samzelius, que le detiene y lo arroja vehementemente a un rincón, indignada por su comportamiento atolondrado e inmaduro, propio de un adolescente y no de un hombre hecho y derecho como él. Evócale entonces cuando era Margaretha Celsing, una mujer hermosa a la que todos los hombres deseaban. « ¿Sabes, le dice, que amé y fui amada? » Pero como su amado Altringer era pobre y desconocido, su madre no aprobó la relación, obligándola a casarse con el Comandante Samzelius. Años después, volvió Altringer, rico y poderoso. Se convirtió en señor de Ekeby, continúa relatándole, llenando de alegría mi vida. Pero pronto comenzaron a hablar de mi relación con él, hasta que los rumores llegaron a mi madre, que un día vino a verme. En mi propia casa me llamó adúltera, y yo entonces la eché. El encaramiento entre madre e hija que Margaretha le narra a Gösta Berling, puede verlo en un flashback el espectador (la breve escena transcurre en el vestíbulo de la casa de Margaretha). Pero antes de arrojarla de su casa, Margaretha le reprocha a su madre que la obligase a casarse con Samzelius sólo por su dinero y posición. En el momento de abrirle la puerta de la calle, le dice con energía y firmeza que no será más su hija ni ella su madre. Ambas salen fuera, y, ya montada en su calesa, la madre la maldice, propinándole una bofetada. Margaretha se atreve a zarandearla e incluso atisbamos un amago de devolverle el cate. Aquí finaliza el flashback en el que Margaretha le ha sintetizado su pasado a Gösta Berling. La acción vuelve a la realidad. Después de ese breve relato, sus primeras palabras para su oyente es que, desde ese incidente con su madre, supo que Margaretha Celsing había muerto para siempre. Si hubiese estado realmente viva, no se habría comportado así con su propia madre. Se lamenta profundamente de haber renegado de ella. Gösta Berling la ha escuchado atónito. Ella ha estado todo el tiempo delante de la chimenea, mientras que los caballeros dormían desparramados, en cualquier sitio, la borrachera. « ¿Es que por tener marido y ser la esposa de Samzelius estaba viva? No». Gösta Berling reacciona, contestándole que la vida debe ser vivida y continuar adelante.

Después de esta intensa secuencia, la narración continúa con las fiestas que, sin interrupción, se suceden en Ekeby. En una de ellas, durante una representación teatral de tema español y vestimenta andaluza, Marianne Sinclaire, una vez bajado el telón, besa en la boca a Gösta Berling, improvisados actores los dos que han suscitado la admiración del público asistente. Pero Sintram, maliciosamente, sube de nuevo el telón, cuando todavía están besándose, aunque la concurrencia, entre la que se encuentra el padre y la madre de Marianne, piensa que se trata de la última escena de la obra. Los dos amantes disimulan, diciéndose que deben continuar, pues de ese modo creerán todos que el beso formaba parte del guión. A Melchior Sinclaire, el padre de Marianne, no le ha hecho ninguna gracia, pero se hace el desentendido ante el general aplauso. El telón vuelve a bajarse, y es entonces cuando Gösta Berling le reprocha suavemente su acción a Marianne. Ésta se aleja seria y disgustada. Es evidente que se siente atraída por él. La diversión continúa, y otra vez Sintram, de nuevo con malicia, pregunta en voz alta, delante de Melchior, si ese beso estaba en el guión. El padre lo comprende todo. Enfurecido y herido en su orgullo, ordena a su esposa abandonar la fiesta y regresar a su casa. Marianne quiere seguir a sus padres, pero Melchior hace arrancar el trineo, dejándola atrás. Marianne corre tras ellos, pero el padre continúa sin volver la vista atrás, mientras la madre permanece impotente y embargada por la pena.

La acción vuelve a Ekeby, donde al caballero Christian Bergh, completamente borracho, en el fondo enamorado de la señora y dueña del lugar, Margaretha, se le escapan palabras ofensivas para ella, pues proclama públicamente, delante de Samzelius, que Altringer fue su amante, dejándole, antes de morir, las fundiciones como cuantiosa herencia. Inmediatamente se arrepiente de sus palabras y le pide perdón de rodillas, justificándose en que está beodo. Pero el daño, aunque involuntario, está ya hecho. Entre Margaretha y su marido tiene lugar una fuerte discusión delante de todos. Los reproches son mutuos. Él termina conminándola a que se marche de Ekeby, que es tan suyo como de ella. « ¿Es que pretendes echarme de mi propia casa? », le contesta Margaretha. Pero el marido permanece obstinado e impasible. Margaretha, entonces, muy fugazmente, recuerda la discusión con su madre, la bofetada que le propinó y cómo la maldijo. Abatida, encorvada, aparentemente vencida, abandona Ekeby. Cuando sale, no sin antes suplicarle de nuevo perdón el bonachón de Christian Bergh, los caballeros, liderados por Gösta Berling, se enfrentan a Samzelius. Éste hace entrega de la mansión a los caballeros, para que así destruyan la herencia de Altringer. Gösta Berling, muy teatralmente, como siempre, se sube a una mesa, copa de champagne en mano, y proclama solemnemente el fin de Ekeby, abriendo los brazos, moviendo la cabeza de un lado para otro y arrojando con fuerza finalmente la copa al suelo, en señal de conclusión definitiva. Así termina la primera parte de la película, de una hora y media de duración.

 

 

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*Segunda Parte / Después de un brevísimo resumen del fin de la primera parte, la segunda parte comienza con la salida de Gösta Berlin en busca de Marianne Sinclaire. Ésta llama impotente y desesperadamente a la puerta de su casa, pero su padre no permite que se le abra. Ante la negativa, Marianne se aleja profiriendo amenazas. Traspasa la puerta de la verja y se deja caer agotada y abatida en el denso manto de nieve, quedándose dormida. Cuando llega Gösta Berling, la halla en el mismo sitio. Marianne se despierta, al acercarse él y cogerle la cabeza. Se besan. Gösta le dice que estaba buscando a la nueva señora de Ekeby, pero que acaba de encontrarla: es ella. Le promete honrarla y respetarla. La conduce hasta el trineo y se marchan juntos.

Por su parte, la humillada Margaretha se encamina hacia la casa de su anciana madre.

Gösta Berling y Marianne Sinclaire llegan a Ekeby. Ella se siente libre de cualquier atadura. Ahora son ellos los señores del emblemático y legendario lugar. Marianne le declara su amor, pero al poco tiempo cae enferma. El médico acude de inmediato, y al salir de la habitación Gösta solicita su discreción.

Margaretha, después de vagar días y noches, llega hasta la cabaña de madera, en medio del bosque, donde vive su anciana madre. Entra y la halla trabajando duramente, con enorme esfuerzo. El recibimiento de su madre es frío. Sólo le indica que la ayude. La hija se desprende del pesado abrigo y se dispone a secundarla a mover un gran torno. Sin embargo, antes de que pueda hacerlo, su madre cae desfallecida. Margaretha la recoge con cariño, la acuesta y la cuida. «Ahora―dice la madre en su lecho de muerte―comprendo por qué Dios me ha permitido vivir tanto». Margaretha le suplica que reniegue de la maldición que una vez echó sobre ella. Entonces, la madre le inquiere si se ha arrepentido de sus pecados. La hija es sincera; le contesta que no. Rememorando las palabras bíblicas, la madre responde: «Si tu mano comete pecado, arráncatela y arrójala al fuego». Ante el lecho de muerte de su madre, Margaretha promete solemnemente: « ¡Voy a completar mi sacrificio: expulsar a los caballeros y destruir Ekeby! » Después de pronunciadas esas amenazadoras palabras, su madre expira. La maldición que un día profiriese sobre su hija, no ha sido revocada.

En Ekeby, semiabandonado, los caballeros continúan divirtiéndose, pero Gösta Berling no tiene ánimo para ello. Marianne continúa enferma.

Esa misma noche, Henrik Dohna recibe en Borg una carta perturbadora, enviada por el vicecónsul sueco de Ancona, quien le comunica que su pretendido enlace matrimonial en Italia no es válido según las leyes de Suecia, por lo que le envía unos documentos que deben ser cumplimentados y firmados por ambos cónyuges, en presencia de dos testigos. De ese modo, el matrimonio tendrá plena validez. Aquí podríamos recordar el deslumbrante y erudito comentario de Erwin Panofsky, publicado originalmente en 1953, a propósito de la tabla de roble de Jan van Eyck titulada El matrimonio Arnolfini, pintada en 1434 y guardada en la National Gallery de Londres. El gran historiador de Hannover nos recuerda que, antes de 1563, esto es, con anterioridad al Concilio de Trento, «dos personas podían concluir un matrimonio perfectamente válido en completa soledad. A partir de entonces la Iglesia requirió la presencia de un sacerdote y dos testigos; pero incluso hoy el sacerdote actúa no como dispensador del sacramento, como en el caso del bautismo o de la confirmación, sino simplemente como un testis qualificatus». De ahí la originalísima firma del autor, «Johannes de Eyck fuit hic», esto es, «Jan van Eyck estaba allí», así como el reflejo en el espejo del fondo de los dos testigos, que se hallan en el umbral de la puerta, uno de los cuales es el propio pintor. Es decir, que además de un doble retrato, el cuadro es también un certificado de matrimonio (Erwin Panofsky, Los primitivos flamencos, Madrid, Cátedra, 1998, págs. 202-203). Estoy convencido que Mauritz Stiller era tan sensible, exquisito, refinado y amante de la verdadera belleza como Jan van Eyck, aunque no tan culto, si bien Henrik Dohna sí que es mucho más prosaico y vulgar que Giovanni Arnolfini, el comerciante italiano sin parientes cercanos en Brujas. Continuando con nuestra historia, la carta desde Italia le llega a Henrik justo cuando tiene invitados en casa, entre ellos los padres de Marianne Sinclaire. Martha Dohna entra donde está su hijo, apremiándolo a salir y atender a los invitados, pero él le pone al corriente del contratiempo, echándoles las culpas a las negligentes e ineptas autoridades italianas. No tiene más remedio que resolver el asunto un poco más tarde. Elizabeth se muestra muy amable con Melchior Sinclaire, que continúa sin perdonar a su hija, aunque su esposa, Gustafva, lo disculpa y justifica ante Elizabeth, comentando que actúa así por orgullo, pero que quiere a su hija tanto como la quiere ella, su madre.

Entretanto, Margaretha, enfurecida y fuera de sí, con espíritu vengativo, arrastra con su verbo poderoso al populacho de Ekeby para que la acompañen y prendan fuego a la mansión. «Hoy mismo, proclama, los caballeros serán destruidos y mi vergüenza sofocada».

En la fiesta, la malévola Martha Dohna trata de humillar a Elizabeth, insinuando que se comenta que ella estaba enamorada de Gösta Berling cuando fue su preceptor.

En la siguiente escena, Gösta Berling, en Ekeby, se encamina a una habitación del palacio para visitar a la enferma Marianne, descubriendo estupefacto que tiene el rostro desfigurado por la viruela. No obstante, Gösta insiste en permanecer a su lado. Marianne le recuerda que para él siempre fue importante la belleza y que sin ella no puede vivir. Son palabras que evocan sin duda al gran poeta inglés John Keats (1795 – 1821), cuando escribía que todo lo que es belleza es verdad y que todo lo que es verdad es belleza. Marianne termina rechazándolo para no comprometerlo.

Mientras los caballeros duermen, se acerca Margaretha con una nutrida turbamulta a Ekeby. Da órdenes de que los caballeros sean atados, montados en trineos y trasladados a un lugar seguro. Presa de una venganza incontenible, como enloquecida, ordena al populacho que prenda fuego a las edificaciones. Durante bastantes segundos Mauritz Stiller vuelve a repetir la hazaña lograda en Herr Arnes Pengar (1919), cuando, desde un lugar próximo, los asistentes a una celebración ven una densa humareda saliendo a lo lejos de la vicaría de Solberga, donde vive Sir Arne con su familia. El ajetreo subsiguiente, con caballos y personas pasando literalmente delante de la cámara, entrecruzándose, corriendo en direcciones opuestas, es una de las escenas más memorables de la historia del cine, de esas que se convierten en eternas. Con poquísimos elementos, Stiller logró entonces una sensación de caos, de agitación y de movimiento, durante menos de un minuto, como no se ha conseguido nunca después ni casi con total seguridad pueda volver a obtenerse. Es innegable que esas inmarcesibles imágenes están muy presentes en el incendio de Ekeby. En el caso del incendio por los tres forajidos escoceses de la vicaría de Solberga, inmediatamente después de haber perpetrado una horrible carnicería, de la que sólo se salva Elsalill, Stiller no nos muestra la catástrofe; mostrará la casa del párroco en llamas, posteriormente, en un flashback, así como el espantoso crimen de la queridísima hermana de Elsalill, la también joven doncella Berghild, por Sir Archie, precisamente el hombre del que Elsalill llegará a enamorarse. El vil apuñalamiento será recordado más adelante por Elsalill―pues ella estaba escondida y pudo ponerse a salvo, aunque lo vio todo―, cuando ya haya empezado a cortejarla Sir Archie. Al no mostrar, en un primer momento, el horrendo crimen y el incendio de la vicaría, y pasar de la descrita escena de agitación a la de los criminales, en el atrio de la casa de Sir Arne, disponiéndose a huir con el tesoro, Stiller logra la que quizá sea la elipsis más excelsa de la historia del cine. La celebérrima de Stanley Kubrick en 2001: A Space Odyssey (1968), resulta casi fatua en comparación con la inmarcesible poesía pura que destila Mauritz Stiller en Herr Arnes Pengar. Ahora, en Gösta Berlings saga, no llega tan alto en la escena del incendio, no es un pájaro solitario como lo fue pocos años antes, pero sigue siendo un consumado maestro, capaz de crear auténtico arte, del más grande. Lo inaudito de lo obtenido en 1919 es que lo hiciese con tal economía de medios: cómo puede lograrse tanto con tan poco. Ahora dispone de más personajes, muestra visualmente el incendio desde el primer instante, pudiendo contemplar el espectador cómo Ekeby es devorado por lenguas de fuego, como una Sodoma o una Gomorra bíblica. Los personajes están asimismo atareadísimos, acercando las teas encendidas a todas las esquinas, sacando fuera y atando a los caballeros, en el gran patio de entrada, corriendo de un lado para otro, mientras Margaretha, como una Hécuba griega, no se sacia en su afán de venganza. Si no alcanza esta memorable secuencia la elevación estética anterior, es por la extrema condensación lograda en la película de 1919. Ahora la cámara de Julius Jaenzon se detiene más; todo resulta más explícito y prolijo. Pero no deja de ser sublime. Stiller ha demostrado manejar a las masas con más eficacia que los grandes cineastas soviéticos, incluido el genial Sergei Eisenstein. La modernidad de Stiller es asombrosa, portentosa. Llega en toda su plenitud hasta este canto de cisne de 1924 que es Gösta Berlings saga, rodada en 1923. El incendio de Ekeby  (del palacio sólo se había levantado una elegante fachada) tiene lugar delante de los estudios de Råsunda, construidos en una granja de avestruces abandonada, en el área metropolitana de Estocolmo. La productora Svenska Biografteatern había comprado los terrenos en febrero de 1919, siendo diseñados los nuevos estudios por el arquitecto Ebbe Crone. En diciembre de ese mismo año nace la gran productora Svensk Filmindustri, por la fusión entre la Scandia Company y la Svenska Biografteatern. Será esta gran productora, mencionada al principio en la ficha técnica, la Svensk Filmindustri, la responsable de la película de Stiller que estamos describiendo. Todavía en 1957, el gran director sueco Ingmar Bergman rodó durante treinta cinco días en los estudios de Råsunda su obra maestra El séptimo sello.

El crítico Bengt Idestam-Almquist escribe que, durante el rodaje del incendio de Ekeby, Mauritz Stiller se encontraba como «en estado hipnótico». El incendio fue rodado durante una noche y «Stiller entró en éxtasis». Dirigía la escena de masas y «gozaba del efecto como nunca había gozado antes». «El ala del castillo donde habitaban los “caballeros” había sido empapada con bencina y a lo largo de las paredes se habían pegado películas. Cuando se incendiaron, parecían verdaderas lenguas de fuego» (Cine sueco, págs. 224-225).

El incendio ha sido provocado sin que Margaretha supiese que Marianne Sinclaire está dentro, convaleciente en una de las habitaciones. De pronto, en medio de la general confusión, Gösta Berling se acuerda de ella, introduciéndose sin vacilar en el interior del edificio en llamas, con riesgo de su propia vida. Las tomas que vienen a continuación son auténticamente magistrales. Marianne logra salir de su estancia, pero la densa humareda la desorienta por entre el dédalo de aberturas, escaleras y corredores. Finalmente, se derrumba agotada en los escalones de la escalera principal. Su vida corre un peligro extremo, pues puede morir de un momento a otro por la inhalación del humo. Gösta Berling, con un arrojo y valentía admirables, sin importarle nada, la busca desesperadamente. Por fin la halla desvanecida, la coge en brazos, sortea las múltiples caídas de elementos en llamas de la fábrica, y consigue salir fuera poniéndola a salvo. El padre de Marianne estaba ya en el patio anhelante, ansioso por ver a su hija libre de peligro alguno.

Pero nos hemos adelantado. Habíamos dejado a Margaretha ir de un lado para otro, rabiosa y enloquecida, con su pesado abrigo y una tea ardiendo en una mano, dando órdenes con extrema energía y determinación. Los caballeros salen despavoridos y van siendo atados, especialmente Christian Bergh, que es introducido en un trineo, aunque posteriormente conseguirá librarse de sus ligaduras con un cuchillo. Gösta Berling colabora con noble y decidido desinterés en poner a los caballeros a salvo, despertándolos y sacándolos del interior. La chusma comienza a huir, asustada de las consecuencias de su acción irracional. Desde la casa de Martha Dohna, en la que hay numerosos huéspedes, se ven las densas sombras de humo del incendio, como desde el albergue en Herr Arnes Pengar se ve el humo de la vicaría de Solberga. Desconcierto y alarma general entre los invitados de los Dohna, entre los que están los padres de Marianne. La madre de ésta, Gustafva, le dice muy asustada a su marido que su hija está dentro. Melchior no lo sabía. Es entonces cuando reacciona como padre, cuando todo su anterior orgullo desaparece, acudiendo veloz en un trineo a salvar a su hija. Es entonces cuando Gösta Berling se acuerda de Marianne, ocurriendo la extraordinaria secuencia que acabamos de narrar.

En el exterior, suceden otros acontecimientos. Acuden nuevos lugareños, acompañados del bailío, esto es, de la máxima autoridad de la zona (una especie de alguacil con poderes policiales y jurisdiccionales, cargo que se remonta a la época medieval; también aparece una figura semejante, el rencoroso pretendiente de la rica viuda Halla, en Berg-Ejvind och hans hustru―«Berg-Ejvind y su mujer» o «Los proscritos»―, extraordinaria película de Victor Sjöström estrenada en 1918). Margaretha no se arredra y se enfrenta con decisión al bailío. Los caballeros, inexplicablemente en apariencia, aun después de lo que ella ha provocado, la defienden (en realidad están fascinados por la energía y resolución de esta mujer), pero ella no se lo agradece a sus espontáneos intercesores. Les espeta que cuando su marido la expulsó de Ekeby, no movieron un dedo en su favor. Que no se preocupen, que sabe defenderse sola. Se va del lugar. En este momento, llega Melchior preguntando por su hija Marianne. Con sus propios ojos puede ver cómo es salvada por Gösta Berling. La conduce hasta su padre, que la arropa una vez ha sido sentada en el trineo; padre e hija se abrazan completamente reconciliados. Melchior le dice con todo su cariño que nunca más la dejará. Ambos vuelven a abrazarse, pero, entonces, Marianne se levanta y le agradece a Gösta Berling lo que ha hecho por ella. El padre los mira enternecido. Marianne se despide de Gösta. La aventura entre ellos, le dice con extrema delicadeza y agradecimiento, ha terminado para siempre. Él le responde como un auténtico caballero, pero como un caballero del Medioevo, de la Edad de Oro de la caballería, durante los inolvidables siglos XII y XIII, cuando podía hablarse, como escribió Novalis en los albores del Romanticismo, de Europa o la Cristiandad: «He cumplido con mi deber; el caballero se siente dispensado». De nuevo, impresionantes imágenes de Ekeby ardiendo entero, por los cuatro costados. Marianne permanece por un momento anhelante al marcharse Gösta Berling.

La siguiente toma es en casa de Martha Dohna, para que el espectador sepa qué está sucediendo allí mientras tanto. Elizabeth se ha hecho cargo de tranquilizar a Gustafva, la madre de Marianne. La bella italiana desciende la escalera, y, por un instante, evoca en su memoria (a través de un flashback) el suceso durante el cual Henrik trató de humillarla ante Gösta Berling, y cómo éste besóle tan ardorosamente sus frágiles manos. El desasosiego de Gustafva tiene que ver también con el hecho de que teme que su marido, Melchior, intente hacerle daño a Gösta Berling, ignorante de lo que en realidad ha sucedido. Es por eso que Elizabeth se decide a ir en busca de Gösta Berling, a fin de prevenirlo. Se la ve avanzar solitaria, caminando, envuelta en su grueso abrigo negro, por la helada superficie del lago Löfven.

El flashback que acabo de mencionar, que se produce mientras Elizabeth desciende por la escalera principal de la mansión de los Dohna, me sirve para hacer una aclaración. Bengt Idestam-Almquist afirma en su ensayo (pág. 219) que cuando los Sinclaire divisan el incendio de Ekeby, se hallan en su propia casa, en Berga (este topónimo no aparece ni una sola vez en la película, aunque es fácil confundirlo con Borg, que sí es la residencia de los Dohna), teniendo como huéspedes a los Dohna. Las imágenes parecen demostrar lo contrario. Desde la secuencia en que Martha apremia a su hijo Henrik a que atienda a sus invitados y deje momentáneamente el asunto del papeleo relativo al casamiento, no parece haber habido ninguna variación de lugar en cuanto a dónde se encuentran los Sinclaire. Éstos están, indiscutiblemente, en casa de los Dohna. Además, la posición que ocupa Gustafva en lo que parece ser un sofá más que un canapé (la diferencia entre ambos muebles de asiento estriba en que en el sofá la tapicería recubre totalmente la estructura; véanse sendos términos en John Fleming y Hugh Honour, Diccionario de las artes decorativas, Madrid, Alianza, 1987, págs. 148-149 y 789), sentada junto a otras tres damas, apretada y un tanto incómoda, denota que no se trata de la dueña de la casa. Su marido, enfrente de ella, juega en una mesa a las cartas, y es atendido solícita y cariñosamente por Elizabeth de tal modo que también resulta evidente que Elizabeth, como miembro de la familia Dohna, es, asimismo, anfitriona. Pero la prueba concluyente, a mi modo de ver, es que cuando Melchior ha salido ya hacia Ekeby en busca de su hija Marianne, y vemos a Elizabeth tranquilizar y arropar a Gustafva, que intenta descansar un poco, al salir del dormitorio y dirigirse hacia la escalera, en la mediación del descenso le sobreviene el recuerdo que hemos mencionado, insertado en forma de flashback. Si comparamos ambas escaleras, la que en este momento está bajando Elizabeth y la que evoca en su imaginación al acordarse de aquella escena con Gösta Berling en que él le besa sus manos extendidas, no podemos dudar de que se trata de la misma escalera, por lo que sólo podemos deducir también que Gustafva se ha acostado en un dormitorio de la casa de los Dohna, esto es, en Borg. La apretada síntesis del argumento proporcionada por Bengt Idestam-Almquist en su ensayo, parece ser víctima aquí de una confusión, a la que tampoco hay que conceder mayor importancia. Sólo que he considerado oportuno aclarar la secuencia de los hechos según mis propias conclusiones y rectificar lo que creo es un error.

De nuevo, otra toma de Ekeby devorado lentamente por las llamas insaciables. Gösta Berling se despide de Ekeby, afirmando que se trata del fin de ese lugar legendario. Sale montado en su trineo, en cuyo respaldo observamos un hermoso dibujo. La edificación se derrumba. Maravillosa toma de Melchior conduciendo a su hija a través de la nieve, a la vez que la serena, pues le dice que su madre está a salvo en casa de los Dohna.

De nuevo, otra toma extraordinaria: Elizabeth, de espaldas, alejada del primer plano de la pantalla, avanza caminando por el sombrío y desierto lago helado. Es una sombra negra moviéndose en medio de la superficie blanca, atravesada de enormes manchas oscuras. El trineo de Gösta Berling la alcanza. En ese momento, el plano está perfectamente construido: ella, a la izquierda; el trineo, a la derecha, quedando justo en medio del cuadro, en el eje central, ligeramente desplazado hacia arriba. Elizabeth vuelve la cabeza y lo mira en medio de tanta soledad, lo mira arrebatada, contenida en su pasión. Gösta Berling, tan resuelto como siempre, le pregunta qué hace allí. Ella, por pudor, no le dice la verdad: estaba observando el fuego de Ekeby y los demás que la acompañaban la han dejado rezagada. Es muy difícil que un hombre de mundo y experimentado como Gösta Berling, que conoce bien a las mujeres, pueda creerse esas inocentes palabras. Le responde diciéndole que si permite que un humilde caballero la escolte hasta su casa. Ella se sienta en la parte delantera del trineo; él, detrás, conduciendo y sosteniendo las riendas del único caballo que lo arrastra. Magnífico travelling. Elizabeth comienza a inquietarse. Estamos asistiendo a una de las secuencias más extraordinarias jamás filmadas, otra secuencia que resistirá enteramente viva el paso de los siglos y de los milenios, y que será para siempre patrimonio visual universal de los hombres sensibles a la belleza. La inquietud de la condesa está justificada por el hecho de que el trineo está siendo conducido en dirección opuesta a Borg, que es adonde debe dirigirse. Pero Gösta Berling sabe que una manada de hambrientos lobos se acerca amenazadora. Como ella vuelve a insistir en que debe dar la vuelta, Gösta Berling responde con ironía desconcertante, sin dejar de mirar de un lado a otro, presintiendo el peligro inminente: « ¿Tiene miedo, dulce señora? » Vuelve a azotar con fuerza al caballo, a fin de que galope más deprisa. « ¿No es un magnífico paseo? … ¿No es tan rápido Don Juan como el viento? » (Don Juan es el caballo, pero el nombre tiene aquí un irónico doble sentido evidente) «Nadie sabe que he salido para encontrarle», le contesta Elizabeth. Maravillosos planos de la cabeza levemente agitada de Greta Garbo, cubriendo casi toda la pantalla. «Después del lago Löfven está el lago Vänern, y, más allá, el mar, y después del mar está el mundo entero», le responde Gösta Berling a la angustiada Elizabeth. Pero ella, en el fondo, no tiene miedo; se siente segura junto al hombre que ama: « ¿Cree que tengo miedo de los caprichos de un caballero loco? … ¡Soy la esposa de otro! ¡Deténgase! » Ante tanta insistencia, que incluso se traduce en intentar coger las riendas y detener el trineo, Gösta Berling le contesta por fin si no ha visto quiénes son sus perseguidores, una manada de seis o siete lobos hambrientos. Entonces ella comprende de pronto el comportamiento del caballero. Impresionantes imágenes del frágil trineo perseguido por los lobos implacables. «Puede confiar en Gösta Berling; él la llevará a su casa». Por dos veces, Elizabeth les arroja a los lobos algo con lo que entretenerlos y demorarlos, probablemente mantas o ropas de cuero. Finalmente, logran escapar sanos y salvos. La carrera ha sido frenética. Cada vez que vuelve a verse, se acrecienta la convicción de que John Ford debió estudiarla detenidamente cuando rodó la célebre persecución de la diligencia por los indios en Stagecoach («La diligencia», 1939). Los lobos, cuenta el crítico Bengt Idestam-Almquist, eran en realidad unos perros lobos, propiedad de un tal señor Svensson, director de una fábrica, a quien Greta Lovisa Gustafsson había conocido cuando trabajaba en la casa de un peluquero. Se pidieron los animales «en préstamo al señor Svensson, para que hiciesen de lobos en la pantalla. La cola de los perros fue alargada y aumentada en su peso con plomo, para que tuviesen apariencia de verdaderos lobos. Dado el peso del plomo, no pudieron agitar la cola en signo de alegría, costumbre que a los lobos les es desconocida» (Cine sueco, pág. 224). Al aproximarse a Borg, ella le dice que no es necesario que continúen juntos, que irá sola lo que queda de trayecto. Están en medio de una enorme y rectilínea alameda de árboles cubierta de un grueso manto de nieve. Él le besa las manos, mientras ella cierra los ojos con inmenso placer y escondido amor. « ¿Podrá perdonarme? », le dice Gösta Berling. «Señor Berling, siempre creí en usted y continúo creyendo», contesta Elizabeth. Magnífico plano de ella, con la cabeza y los hombros, en el centro del eje, en una composición piramidal como Jesús en la Última Cena de Leonardo. Se miran embelesados. «Vuelva a Ekeby y reconstrúyalo…Regrese y sepa que siempre lo consideraré como un hombre de verdad». Vuelven a estrecharse las manos, se aproximan el uno al otro, pero ella retira la suya y se marcha por la inmensa alameda vacía cubierta de nieve. Mientras, él la observa alejarse hacia el fondo de la profunda perspectiva. Por la mañana, Gösta contempla solo las ruinas de Ekeby.

Mansión de la condesa Martha Dohna. Madre e hijo preparan los documentos matrimoniales para la firma. Por un momento, Elizabeth duda: con una de sus manos, entrelazadas y circundadas por un iris que ocupa todo el centro de la pantalla, comienza a desprenderse del anillo de casada colocado en el dedo anular, pero no termina su acción y lo deja donde estaba. La cámara asciende lentamente hacia su cabeza, que ahora reposa entre sus manos juntas. Bellísimo plano de Elizabeth, pensativa, dubitativa, delicadamente triste al acordarse del hombre a quien ama. Entra la suegra en la estancia y le pregunta si ha sido avisada por Henrik de que tiene que firmar los documentos. El matrimonio Sinclaire aún continúa en casa de los Dohna. Maliciosamente, Martha le comenta a Elizabeth si la pasada noche ha tenido un acompañante que la ha conducido hasta su casa. Elizabeth se levanta sobresaltada. La perversa y astuta mujer continúa su farsa, asegurándole que no tema nada, que no se lo contará a nadie. En la gran sala, con una amplia mesa en el centro, donde deben firmarse los documentos, entran Elizabeth y Martha, cada una por una puerta distinta. En el interior de la habitación estaba ya Henrik, esperando intranquilo. Uno de los testigos es Gustafva Aurore Sinclaire. Ésta y Martha se sientan, frente a frente, en los extremos de la mesa. Elizabeth, ajena a todo lo que está sucediendo, permanece de pie, junto a Henrik, ambos detrás de la mesa, él en el centro y ella a la derecha del cuadro. Henrik manifiesta que se precisa un segundo testigo. Elige al fiel mayordomo, Andersson. En cuanto a Gustafva, es testigo como pariente más próximo. Cuando ya ha sido llamado el mayordomo, y después de que Henrik culpase de mentirosas y negligentes a las autoridades  burocráticas italianas, que han permitido por tanto tiempo que se mantuviese una situación irregular entre los esposos, firma el documento. Pero al entregarle la pluma a Elizabeth para que, a su vez, firme el pliego, se levanta inesperadamente Martha e inquiere con hipócrita y malicioso semblante si no sería conveniente preguntarle a Elizabeth si desea continuar con la formalidad del casamiento. Gustafva Sinclaire se queda perpleja; Henrik, con su cara de bobo, como alelado, está claro que no se entera de nada. Martha Dohna vuelve a insistir: « ¿Te acusa tu corazón de pecar, Elizabeth? » En esto llega el mayordomo, pero Henrik le ordena que abandone inmediatamente la habitación, a lo que Andersson responde con una profunda inclinación y retirándose. Gustafva se levanta y se acerca hacia Elizabeth, en actitud protectora. Gustafva le pregunta desafiante a Martha que qué es lo que está maquinando. Sea lo que sea, en cuanto esté de su parte, tratará de impedirlo. Besa a su protegida, que le dice que no se preocupe: «No, no; es cierto. Soy una esposa inestable…Mi corazón es de otro». Martha lanza una despreciativa mirada de triunfo. Henrik permanece desconcertado. Elizabeth se arroja a sus pies, diciéndole que se merece ser castigada y reprendida. Se advierte la incomodidad del cobarde varón, que agita ridículamente las piernas, advirtiéndole que es un noble y que ella debe comportarse de una manera apropiada. Martha aprovecha para decirle a su hijo que una mujer como Elizabeth no merece llevar el apellido de los Dohna. El hijo asiente como un pelele a lo que le dice su malévola madre, que continúa tratando sin consideración ninguna y con abierto desprecio a Elizabeth, quien aún pretende ingenuamente hacerse perdonar. Gustafva, enfurecida ante tanta humillación, llama idiota a Henrik. De nuevo se dirige hacia donde está Elizabeth, la consuela y se encara con Martha, asegurándole que Elizabeth siempre tendrá un lugar en su casa, pues no ha cometido mal alguno. En ese momento, Gustafva, a la que hemos creído una mujer débil delante de su marido Melchior, muy dignamente, con determinación, le recuerda a Martha sus pasados pecados, su anterior vida depravada. Ya quisiera haber sido tan inocente como lo es Elizabeth. « ¿Es que no te conozco bien, hipócrita depravada? » Martha se agita enfurecida y llena de ira. « ¿Cómo te atreves―continúa Gustafva―a juzgar a una joven inocente? ¡Y tú, imbécil―le espeta a Henrik―, pregúntale a tu madre quién fue tu padre! ¡Vamos, échala―sigue diciéndole a Martha―; yo la protegeré!» Gustafva se ha armado de valor, hasta tiene que limpiarse con la mano alguna lágrima de indignación por lo que le han hecho a la muchacha, pero se ha despachado a gusto. Cogiendo suavemente a Elizabeth, no duda en manifestarle: «Melchior te mimará como si fueses su propia hija». Madre e hijo continúan discutiendo. La dominante y maquiavélica Martha insiste en decirle que no olvide que es un Dohna y que las otras dos son unas completas estúpidas.

Elizabeth, leemos en un rótulo, afrontó su penitencia con igual determinación que Margaretha Celsing antes que ella.

La acción se traslada a una habitación donde está sola Margaretha. Entra un sirviente, comunicándole que tiene un mensaje para ella; su marido, el Comandante Samzelius, acaba de morir.

Llega la primavera. Estamos en casa de los Sinclaire, en el bello y frondoso jardín. Ambos esposos, Gustafva y Melchior, cogen algunas flores. También está Elizabeth, un tanto alejada, quien se dirige sola hacia un banco, con ánimo entristecido, donde se sienta. Gustafva se acerca y se sienta junto a ella, comentándole que la primavera abre la esperanza en nuestros corazones. «Pero no en ella», le responde Elizabeth.

Ekeby recibe la llegada de la primavera completamente reconstruido, con Gösta Berling celebrándolo encima del tejado, delante de una muchedumbre.

Elizabeth ha decidido partir y enfrentarse sola al destino. Se despide de quienes tan generosa y cariñosamente la han acogido. Especialmente conmovedora es la despedida entre Elizabeth y Marianne, pues durante el tiempo que han estado tan juntas se han hecho verdaderas amigas.

Ekeby se prepara de nuevo para recibir de nuevo a su amada señora, Margaretha, quien ha hecho una parada en la posada de Broby Inn. Gösta Berling se brinda para ir a recogerla, partiendo veloz en su cabalgadura. Estando Margaretha esperando la llegada de Gösta, de improviso se detiene en la misma posada el carruaje que traslada a Elizabeth, con el fin de cambiar el cochero los cansados caballos. Entra en la posada, y se sorprende de encontrarse allí a Margaretha, pero ésta la invita amablemente a acercarse; no tiene nada que temer. Le pregunta por Henrik, ignorante como está de la ruptura matrimonial. Al enterarse por Elizabeth de lo sucedido, le contesta que cómo podría haberse casado con un estúpido como Henrik Dohna. Elizabeth le confiesa la verdad; su amor por Gösta Berling. Éste entra en ese momento, pero Elizabeth no lo ve, pues está de espaldas a la puerta. Sin saber que él la está viendo y escuchando, Elizabeth manifiesta a Margaretha el amor que siente por Gösta Berling. Desde aquel día en la escalera, continúa, todo ha sido sufrimiento y dolor. En ese instante Margaretha se percata de la presencia del apuesto caballero, quien hace un amago de salir, pero Margaretha, rápidamente y sin que Elizabeth pueda darse cuenta, le hace una señal para que no se vaya. Es entonces cuando Margaretha, muy inteligentemente, le dice a Elizabeth, en tono de afirmación: «Pero, usted, no odia a Gösta Berling, sino que lo ama». «Dígaselo a él», vuelve a decirle, mientras hace que dirija su rostro hacia el noble y valiente caballero. Los enamorados se miran fijamente, embelesados; ella aún está sumida en la más completa incredulidad. Gösta, entonces, como es habitual en su carácter, se presenta como un caballero sin honor, sin honra. Elizabeth continúa contemplándolo, crecientemente arrobada por la intensa pasión. Indescriptible belleza de su semblante, una de las imágenes imperecederas que quedarán para siempre de esta actriz inigualable, moldeada aquí con la arcilla de Mauritz Stiller, convertido en demiurgo de una diosa adorable. Cuando Gösta Berling le dice que ninguna mujer arriesgaría su amor por salvar el alma de un hombre como él, ella se levanta, alarga los brazos hacia él, acercándose, y le susurra que ella sí quiere ser esa mujer.

De nuevo Ekeby, engalanado con guirnaldas de flores y banderolas, lleno de gente, con Margaretha, Gösta Berling y Elizabeth. Uno de los caballeros anuncia el regreso de la antigua señora a un espléndido Ekeby, renacido de sus cenizas, cual un ave fénix. Margaretha toma la palabra, dirigiéndose a la multitud: «Ninguna vieja señora debería dirigir la nueva Ekeby…La juventud y el amor siempre han reinado en este lugar». Llama a Gösta Berling, quien se coloca a su izquierda, mientras que Elizabeth lo hace a su derecha. Así, juntos los tres, Margaretha exclama: «Gösta Berling, hombre de muchos méritos, a ti te entrego Ekeby». Y posando su mano en el hombro de Elizabeth: «Con una buena mujer a su lado, cuidará de mi casa y de mi gente…Tú mantendrás vivo mi trabajo». El caballero Christian Bergh, eufórico, exclama: « ¡Larga vida a nuestra querida señora! ¡Como ella no hay otra igual! » Mientras Margaretha abraza a ambos enamorados, todos los presentes vitorean al trío.

  

Enrique Castaños, Málaga, 28 de febrero de 2015.

 

 

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