Werner Sombart. El burgués. Contribución a la historia espiritual del hombre económico moderno (1913). (Madrid, Alianza, 1993. Traducción de María Pilar Lorenzo).

 

 

*El espíritu que domina a los sujetos económicos ha sido siempre muy diverso. Las diversas épocas de la vida económica se distinguen por el espíritu concreto que en cada una de ellas ha predominado. Aunque la forma de una economía y el espíritu de la misma se hallan en estrecha relación, no dependen la una de la otra según una ley escrita, como ya expusiera Max Weber. El sistema económico sólo caracteriza una época económica cuando predomina en ella. Un determinado espíritu «domina» en una época cuando conoce una gran difusión; «predomina» si determina las acciones económicas de la mayoría de los sujetos económicos.

 

*La economía precapitalista es una economía de gasto. En esta economía domina la idea del sustento según la posición social. Por ejemplo, en la doctrina tomista es necesario que las relaciones de la persona con el mundo externo se sometan en alguna forma a una limitación y a una norma. Esta norma constituye el sustento según la posición social. El sustento ha de ser conforme al rango o posición del individuo.

 

*La idea de la subsistencia nació en los bosques de Europa, entre las tribus de pueblos jóvenes. Toda familia campesina debe recibir tanta tierra cultivable y participación en los prados comunes como le sea necesario a su sustento. Del mundo campesino, esta idea de la subsistencia pasa a la producción artesanal y al comercio.

 

*La economía precapitalista se hallaba sometida al principio de la satisfacción de las necesidades. No hay aspiración a obtener una ganancia. La prueba está en que todo ánimo de lucro se intenta satisfacer fuera del nexo de la producción y del transporte mercantiles (se recurre a las minas, se buscan tesoros, se practica la alquimia). Aristóteles considera como no perteneciente a la actividad económica la ganancia de dinero por encima de los límites de las necesidades naturales. Del mismo modo piensa Polibio.

 

*En la economía precapitalista están poco desarrolladas la capacidad volitiva y la energía intelectual. De ahí el lento ritmo de la actividad económica. El número de días festivos era elevadísimo. Tampoco hay prisas en la ejecución del trabajo. Al poder de la tradición se une la fuerza de la costumbre (voluntad o inclinación nacida de la experiencia).  El más alto ideal, como se desprende del sistema de Santo Tomás de Aquino, es el alma individual, sosegada en sí misma, que aspira desde su intimidad a la perfección. La principal característica de la existencia precapitalista es la de la tranquila seguridad, como corresponde a toda vida orgánica.

 

*LIBRO PRIMERO: El desarrollo del espíritu capitalista.

Primera parte: El espíritu de empresa.

a) La pasión por el oro y el dinero.— Los primeros siglos de la Alta Edad Media es la época de la acumulación de tesoros. Uno de los primeros en hacerlo fue Leovigildo hacia 568. Esa tendencia a la acumulación desaparece hacia el siglo XII. A partir de entonces empieza a valorarse el dinero, es decir, el metal precioso bajo otra forma y como medio de cambio y de pago. La pasión por el dinero sustituye, pues, a la codicia de oro. Excepto en los judíos, ese afán de lucro parece haberse adueñado sobre todo de los círculos clericales.

b) Medios posibles de conseguir dinero.— Leo Battista Alberti, en su libro Della famiglia, señala seis fuentes principales de obtener ganancia: el comercio a gran escala, la búsqueda de tesoros, la caza de herencias, la clientela, la usura y el arrendamiento de rebaños. No obstante, hay cuatro actividades que contienen claramente los gérmenes para el desarrollo de la empresa capitalista: 1) lucrarse por medio de la violencia (el bandolerismo, sobre todo en Alemania, y que en Italia y en Inglaterra se convierte en piratería) (siglos XIV-XV); 2) lucrarse por medio de la magia (la fiebre por la alquimia alcanza su primer apogeo en el siglo XVI, desatándose una auténtica pasión por las actividades herméticas); 3) lucrarse a base de ingenio, de capacidad inventiva (la verdadera era de los arbitristas es el siglo XVIII. Daniel Defoe escribe An Essay on Projects en 1697, fijando la iniciación de la «era de los proyectos» hacia 1680); 4) lucrarse con medios pecuniarios (durante toda la Edad Media el préstamo tuvo una extraordinaria importancia, contribuyendo a la formación del espíritu capitalista de dos modos: -confiriendo a la psique humana de quienes lo practican unos rasgos especiales; -representando uno de los puntos de partida de la empresa capitalista y sirviendo de ayuda a la existencia de ese espíritu); (asimismo, la pasión por el juego, por ejemplo el juego de la Bolsa, que conoció su primer esplendor en el siglo XVII, desplegándose plenamente en el XVIII); (la primera fiebre especulativa a gran escala fue la de los tulipanes en Holanda en el siglo XVII; después les tocó el turno a las acciones, desatándose una fiebre especulativa sin precedentes a raíz de la fundación del Banco de Law en Francia y de la Compañía de los Mares del Sur en Inglaterra, entre 1719 y 1721); (la pasión por el juego en forma de especulación bursátil terminó confundiéndose con el espíritu de empresa, pudiéndose afirmar que en el fondo de toda empresa de especulación moderna se encuentra la pasión por el juego; de otro lado, el desarrollo de la Bolsa contribuyó al despliegue de otras fuerzas que tuvieron una gran participación en la formación del espíritu capitalista, por ejemplo la mencionada elaboración de proyectos). En definitiva, el hecho decisivo es que la pasión por el dinero se asocia al ánimo de empresa, de cuya unión es de donde nace realmente el espíritu empresarial capitalista.

c) La esencia del espíritu de empresa.— Todo empresario que quiera triunfar ha de poseer tres facetas: 1) ser conquistador (capacidad de trazar planes; deseo de realizar el proyecto; capacidad de llevar a cabo el proyecto, gracias a la tenacidad, la perseverancia, la osadía y la audacia); 2) ser organizador (conjuntar a muchas personas con vistas a una tarea afortunada y eficaz); 3) ser negociador (es decir, saber gestionar la compra o venta de una mercancía).

d) Los comienzos de la empresa.— En la historia europea pueden distinguirse cuatro formas fundamentales de organización empresarial: 1) la campaña militar (constituye, quizás, la forma más primitiva de empresa; el tipo de empresario guerrero está sobre todo encarnado en los caudillos y mercenarios que comienzan a prosperar en la Edad Media, que se convertían en empresarios en virtud del riesgo que asumían); 2) la propiedad feudal (lo importante es que los sistemas feudales llegaron a concentrar una gran masa de hombres, trabajando regularmente en una empresa conjunta y obedeciendo a la voluntad de un jefe supremo); 3) el Estado (el Estado moderno entendido a la vez como empresa de guerra y de paz, lo que supone el nacimiento de un aparato administrativo en gran escala); 4) la Iglesia (porque, junto con el Estado, es la mayor institución creada nunca por el hombre).

e) Principales tipos de empresa capitalista.— Antiguamente el dinero con que trabajaban los bancos provenía de depósitos; los capitales que se invertían en el comercio y la navegación se juntaban en forma de aportaciones comanditarias, y más tarde por la suscripción de acciones. En 1878 escribía Gustav Lastig, a propósito de la situación en Florencia en el siglo XIV: «Los bancos y casas de cambio constituían los centros de todo aquel mercado y circulación de valores. Allí depositaba el particular su dinero para conseguir algún beneficio… La inversión del dinero en la actividad comercial de otro era el método habitual y totalmente legal para la fructificación del capital».

La explotación minera se mantenía desde los siglos XV y XVI con dinero de todos los países, reunido entre las gentes de las más diversas clases sociales.

Cuando el número de títulos de renta fija era aún escaso, la gente de las clases más altas invertía también su dinero en el comercio con mucha mayor frecuencia que a principios del siglo XX.

 

Las tres formas originarias de empresa, y, por tanto, los tres primeros tipos de empresarios son:

 

1) Los corsarios; determinadas campañas militares están desde el principio encaminadas al lucro y la ganancia. Se trata de las empresas de pillaje y de piratería, en las que la eficiencia y la organización estaban al servicio del proyecto lucrativo. El origen se halla en las ciudades italianas de la Edad Media: Amalfi, Génova, Pisa y Venecia. A principios de la Edad Moderna todas las naciones de Europa occidental eran partidarias de una piratería organizada profesionalmente. Corso y piratería se confunden. El privateer se convierte en pyrate, que puede ser empleado al servicio del Estado. En el siglo XVII la piratería francesa alcanza un alto grado de desarrollo. También de origen francés eran los bucaneros o filibusteros, que actuaban contra los españoles en el Caribe. Pero en los siglos XVI y XVII las naciones piratas por excelencia son Inglaterra y sus colonias de Norteamérica. Para los historiadores ingleses, su origen está en las persecuciones llevadas a cabo por la reina María Estuardo de Escocia.

Una forma especial de piratería son los viajes de exploración, frecuentes a partir del siglo XV.

Los piratas eran hombres dotados de una rica fantasía aventurera y de una actividad desbordante; cargados de romanticismo, pero con una clara visión de la realidad, rebosantes de apasionada alegría de vivir, con un fuerte sentido del placer y del lujo, aunque capaces de soportar durante meses duras privaciones en sus travesías. Hombres con las más grandes dotes de organización y embargados de infantil superstición: hombres del Renacimiento. El más poderoso quizás fue sir Walter Raleigh; también, sir Francis Drake, sir Richard Grenville y Thomas Cavendish, que se apoderó del mayor botín de todos los tiempos.

En lo que se refiere a las compañías mercantiles, ya destacan en la Edad Media italiana, especialmente en Génova a mediados del siglo XIV. Las grandes compañías comerciales de los siglos XVI y XVII no eran otra cosa que sociedades de conquista, de carácter casi militar, dotadas de derechos de regalía y de poder político (por ejemplo, la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales). El intercambio de mercancías que se efectuaba entre los europeos y los pueblos atrasados de aquellos siglos es una forma de «comercio impuesto». Asimismo, había una maquinaria militar muy poderosa para proteger ese comercio. Especialmente belicoso y aventurero era el comercio holandés a principios del siglo XVII, con fines exclusivamente lucrativos. En buena medida, el espíritu que animaba el comercio y a las empresas coloniales de los países del Occidente europeo, era similar al de los piratas.

 

2) Los señores feudales; seis son sus principales actividades:

         —La economía rural, en la medida en que tuviera carácter capitalista, ejercida al principio colectivamente y después por los nobles hacendados, excepto cuando las tierras estaban arrendadas a burgueses.

         —La explotación minera y la industria de fundición. En Inglaterra, desde el siglo XV, y, sobre todo, desde el siglo XVII. En Francia ocurre sobre todo desde el siglo XVII y durante la segunda mitad del XVIII, no limitándose los nobles al derecho de explotación, sino también a la dirección de las empresas mineras. Lo mismo observamos en Alemania y en Austria desde el siglo XVI. Igualmente en Suecia.

         —La industria textil. En Inglaterra, como indica sir William James Ashley, los grandes propietarios de ganado ovino eran con frecuencia también pañeros. Algo parecido hacían los grandes propietarios ingleses con el cultivo de la seda. En Francia, la situación era similar, tanto en una como en otra actividad. El número de industrias textiles en manos de aristócratas era enorme en Francia en el siglo XVIII. También en Bohemia se introduce la gran industria textil en el siglo XVIII.

         —La industria del vidrio, reservada casi exclusivamente a la nobleza en Francia.

         —La fabricación de porcelana, asimismo en manos de los nobles.

         —Los molinos de grano y papeleros, igualmente en manos nobiliarias.

 

En definitiva, que en buena parte de Europa observamos a los señores feudales de la Edad Moderna participando activamente en el desarrollo de la economía capitalista, del mismo modo que una parte considerable del capitalismo colonial nació del espíritu feudal (por ejemplo, la organización económica introducida por los italianos en sus colonias del Levante mediterráneo, con ciudades explotadas como feudos y con un sistema basado en el trabajo forzoso). Del mismo modo se comportaron portugueses y españoles en sus colonias de América en el siglo XVI. La organización del trabajo se basaba en la servidumbre y en la esclavitud.

 

3) Los burócratas o funcionarios del Estado; el primer impulso para el despliegue de la economía capitalista correspondía muchas veces al monarca. Un testimonio clásico lo tenemos en lo que opinaba un ministro de Hacienda alemán a mediados del siglo XVIII: «De esto [el desarrollo de las manufacturas] sólo se puede ocupar el Estado; el comerciante, por su parte, se mantiene fiel a lo que ha aprendido y a lo que tiene por costumbre; no se ocupa de los beneficios generales de su patria». Esta frase, añade Sombart, vale por libros enteros. Además del modo de actuar del Estado, de carácter capitalista, hay que señalar la importancia del aparato burocrático. No pueden desdeñarse los motivos espirituales en la superioridad de la empresa estatal, con proyectos a muy largo plazo y una reconocida energía espiritual.

 

También hay que considerar a otros grupos:

 

4) Los especuladores; el especulador es un individuo que descubre en su propio interior, cuando procede a la fundación de su empresa, un nuevo manantial de poder: la fuerza sugestiva, gracias a la cual realiza sus planes. En lugar de la coacción externa, se emplea aquí la coacción interna. No hay empresa de especulación a gran escala sin juego bursátil.

 

5) Los comerciantes; son todos aquellos que han transformado en empresa capitalista el comercio de mercancías o de dinero. Pero también han llegado a ser empresarios capitalistas mediante su intervención en la producción mercantil. Con frecuencia eran mercaderes, en su mayoría intermediarios, los que subvencionaban a los artesanos. Este fenómeno ha hecho que algunos historiadores, como Carlos Marx, reduzcan el problema del nacimiento de las empresas capitalistas de producción a una paulatina incursión del capital comercial en la esfera de la producción, lo cual es falso.

 

En cuanto a los tres pueblos en los que antes floreció el espíritu de los negocios, son:

 

6) Los florentinos; ya desde el siglo XIII, mientras las demás ciudades luchan, Florencia «negocia».  Lo que les lleva a triunfar en países muy diferentes son tres razones muy diferentes: el dinero, los convenios y la competencia comercial. La industria florentina de paños es la primera quizás organizada bajo un signo auténticamente capitalista, es hija del comercio lanero y nace, por tanto, de un espíritu puramente comercial. En la región de la Toscana, en la Antigüedad, los etruscos ya habían mostrado sus excepcionales cualidades para el comercio de mercancías.

 

7) Los escoceses; en lo que atañe a su forma de comercio, son los florentinos del Norte, aunque nunca han sido una nación marítima a gran escala. Hasta entrado el siglo XVIII practican su comercio ultramarino con barcos arrendados a los ingleses. Su comercio es más bien interior. Actúan de intermediarios entre los «Highlander» (la región montañosa de Escocia) y Londres, o bien exportan su pescado, carbón y tejidos de lana de fabricación propia a Irlanda, Holanda, Noruega y Francia, importando a su vez de esos lugares lúpulo (planta que se emplea en la fabricación de cerveza), trigo, harina, mantequilla y madera. Un espíritu auténticamente comercial anima toda su actividad comercial.

 

8) Los judíos; ya en época del Imperio romano los judíos mostraron un celo innato tan grande por los negocios que no dudan en recorrer toda la tierra en busca de ganancias. Tratan de conseguir sus riquezas en medio de guerras, asesinatos y muertes, mientras los demás pueblos las buscan por medio de guerras, asesinatos y muertes. Sin poderío naval y sin potencial bélico, con las mismas armas que los florentinos, esto es, el dinero, los convenios y la competencia, se erigen en señores del mundo. Toda empresa que fundan nace del espíritu mercantil.

 

Por último, hay que referirse a

 

9) Los artesanos; son los antepasados de los grandes empresarios. En industrias como la maquinaria, han sido determinantes en los albores del desarrollo capitalista.

 

*El desarrollo del espíritu capitalista.

segunda parte: El espíritu burgués.

a) Las virtudes burguesas.

En todo empresario capitalista se esconde un «burgués». Es en Florencia, a finales del siglo XIV, donde por primera vez encontramos al perfecto «burgués». El «burgués» más típico del Quattrocento es Leon Battista Alberti, cuyos escritos, especialmente su I Libri della Famiglia, representan una fuente valiosísima para conocer el espíritu de aquella época y de la concepción burguesa del mundo. Dos son los aspectos que Alberti desarrolla principalmente. De un lado, la «santa economicidad»; de otro, la moral de los negocios.

Por lo que se refiere al primero, «santo» es para Alberti el espíritu de economía o de buena administración (masserizia). A una buena economía, corresponde:

—La racionalización de la administración económica, es decir, el establecimiento de una prudente relación entre gastos e ingresos, lo que implicaba una condena radical de todas las máximas de la forma de vida señorial. Así, dice: «Recordad siempre esto, hijos míos; nunca permitáis que vuestros gastos sobrepasen a vuestros ingresos». Esta frase es ya la primera piedra del edificio de la economía burguesa-capitalista.

—La economización de la administración, pero entendida de una forma voluntaria. Gastar menos de lo que se gana, es decir, ahorrar (aparece por primera vez la idea del ahorro). El ahorro no como necesidad, sino como virtud. El administrador ahorrativo es el ideal del burgués rico. Dice Alberti: «No es la apariencia señorial la que honra al hombre capaz, sino el llevar su economía en orden». Y más adelante: «Buenos administradores [massai] son aquellos que mantienen un equilibrio exacto entre lo excesivo y lo insuficiente». La auténtica masserizia se logra con el concurso del alma, del cuerpo y, sobre todo, de nuestro tiempo. Los auténticos enemigos mortales son el despilfarro y la ociosidad. Asimismo, de importancia capital para el hombre de negocios son la diligencia y la aplicación, manantiales de toda riqueza.

 

De todas formas, va a ser con Benjamín Franklin  con quien la mentalidad «burguesa» llegue a su apogeo. El buen juicio y la prudencia de Franklin eran asombrosos. En él todo se ha convertido en norma, todo se aprecia con medida exacta, toda acción rebosa erudición económica. Es proverbial su enérgica defensa de la economización del tiempo («el tiempo es dinero»). El ABC de su filosofía se resume en dos palabras: Industry and frugality (diligencia y moderación). En su autobiografía, enumera y comenta las que él considera virtudes: templanza, silencio, orden, decisión, parsimonia, diligencia, sinceridad, justicia, ponderación, limpieza, serenidad, castidad y humildad.

 

El segundo aspecto a considerar en Alberti es la moral de los negocios. En primer lugar, una moral de fidelidad en el cumplimiento de los contratos. De hecho, puede observarse que la formalidad es cada vez mayor cuanto más se extiende el sistema capitalista. Pero por moral de los negocios también entiende Alberti sacar todo el partido posible de la actividad comercial. Es imprescindible practicar la «honestidad burguesa». Hay que vivir «correctamente». Incluso por razones prácticas: toda conducta moral eleva el crédito (del individuo ante los demás). En los negocios no basta con ser honesto; también hay que aparentarlo, ser tenido por tal.

 

b) La mentalidad calculadora. Se trata de la tendencia, hábito y facultad de reducir el mundo a cifras y ordenar estas cifras en un complejo sistema de gastos e ingresos. Las dos facetas del empleo del cálculo son la contabilidad y el cálculo comercial. La cuna de este último se encuentra en Italia, concretamente en Florencia. Los cimientos para un cálculo correcto los pone Leonardo Pisano en 1202 con su Liber Abbaci. Pero aún tendrá que pasar tiempo para que se logre un cálculo exacto. Para conseguir éste, era fundamental generalizar el uso del sistema de numeración arábigo de valor posicional, lo que se consigue a lo largo del siglo XIII. En el siglo XV se inventaron las fracciones decimales, que a partir de 1585 adquirieron un uso corriente gracias a Simon Stevin. Por su parte, Tartaglia, en el XVI, perfeccionó el cálculo comercial. La primera máquina calculadora es de 1615. Las escuelas de aritmética surgidas a partir del siglo XIV fueron esenciales para el desarrollo del cálculo comercial. En ese siglo, en Florencia había seis de esas escuelas, a las que acudían 1200 muchachos. En Alemania, estas escuelas aparecen primero en Lübeck y después en Hamburgo, pero decenios después que en Florencia. Los primeros pasos de una contabilidad organizada los efectúa el papa Nicolás III entre 1279-1280 y la municipalidad de Florencia en 1303, con un exacto registro de los gastos. Antigüedad similar presenta la contabilidad por partida doble. En 1340 el Estado genovés la aplicaba ya con admirable perfección. La primera exposición teórica de ese sistema de contabilidad por partida doble lo efectúa Fra Luca Pacioli en la segunda parte de su Summa arithmetica (Venecia, 1494). De Italia, el centro de la mentalidad calculadora se traslada a Holanda. En este país la contabilidad forma parte de la educación femenina ya en 1730-1740. El propio Benjamín Franklin pudo constatarlo personalmente. Inglaterra se pone pronto a la altura de los Países Bajos. En Alemania, la contabilidad se cultivó ante todo en Hamburgo.

 

 

*TERCERA PARTE: El desarrollo nacional del espíritu capitalista.

 

1º. Italia.— Es donde primero se despliega el espíritu capitalista, desde el siglo XIII, concretamente en Florencia. En esta ciudad, en el siglo XIV imperaba un auténtico afán febril de lucro, una entrega amorosa a los negocios. Aquí se cultiva por primera vez la mentalidad específicamente comercial. Donde hombres como Alberti enseñaron y pusieron en práctica las virtudes burguesas. Donde por vez primera floreció el cálculo comercial, la contabilidad y la estadística como método. Jacobo Burckhardt se ha referido al «talento innato de los florentinos para someter toda la existencia a una evaluación numérica». Pero esta supremacía, desde finales del XV en el sur, y desde el XVI en las otras regiones de Italia, se relaja, cediendo el sitio a la comodidad señorial que vive de las rentas.

 

2º. La Península Ibérica.— En algunas de sus ciudades fructificó también muy pronto el capitalismo. Por ejemplo, en la Barcelona del siglo XIV. En el XVI, con el descubrimiento de América, se desata una sed implacable de oro y un audaz espíritu de empresa, de intensidad y vigor inauditos. En ese mismo siglo XVI hay ciudades con una dilatada industria y un desarrollo considerable del espíritu capitalista. Por ejemplo, en Sevilla (telares), Toledo (seda) y Segovia (seda y lana). En el XVII, por el contrario, se paraliza el espíritu de empresa y se extingue el interés por los negocios, centrándose la atención de España en los asuntos eclesiásticos, cortesanos o caballerescos, hasta el punto de que los hidalgos van a ser considerados como el auténtico núcleo de la nación. Este mismo espíritu se trasladaría a las colonias iberoamericanas.

 

3º. Francia.— Pródiga siempre en hombres de empresa geniales de espíritu sobre todo especulativo: hombres de mente rápida y amplia para los proyectos, de gran decisión y enorme fantasía, un poco fanfarrones, pero muy impulsivos, lo que les coloca en posición de fracasar o de terminar en la cárcel. Un tipo así es Jacques Coeur en el siglo XV, que hizo florecer durante un tiempo el comercio en gran escala. Otro ejemplo similar es Nicolás Fouquet, superintendente de finanzas en época de Luis XIV. Estos especuladores de gran calibre han continuado siendo una constante en Francia hasta finales del XIX. Esta forma algo fútil del empresariado francés, ya la caracterizó Michel de Montaigne: «Temo que nuestros ojos sean más grandes que nuestro estómago; en la conquista de un nuevo país damos mayores muestras de curiosidad que de constancia: abrazamos todo, pero no estrechamos más que viento». Desde los tiempos de Colbert se perciben visibles muestras de descontento acerca de la falta de espíritu emprendedor del hombre de negocios francés. El gran ministro dice: «Nuestros comerciantes carecen de iniciativa suficiente para embarcarse en asuntos que desconocen». El hombre de negocios francés de antaño tenía fama de indolente y de vago. En definitiva, podemos concluir que en Francia el sentido capitalista estuvo pobremente desarrollado. Una constante de su historia económica, ha sido la predilección del pueblo francés por la posición segura y acreditada del funcionario, una manía francesa de los cargos unida a un desprecio por las profesiones industriales y comerciales, algo que comienza ya en el XVI y no ha desaparecido a comienzos del siglo XX. De hecho, hasta la Monarquía de Julio (1830-1848), no hay mucha estima por la industria y el comercio. Montesquieu ya lo expresaba a mediados del XVIII: «Todo está perdido si la profesión lucrativa del financiero se convierte además, como parece, en una profesión honorable».

 

4º. Alemania.— El espíritu capitalista comienza a desarrollarse en el siglo XVI, en la época de los Fugger (Fúcares). Sin embargo, el grado de desarrollo del capitalismo en Alemania en ese siglo no es comparable al alcanzado por las repúblicas italianas en el siglo XIV. En Alemania, las manifestaciones del capitalismo en el XVI son fenómenos completamente aislados. La mentalidad capitalista no había sobrepasado la superficie del alma popular alemana. En cualquier caso, se trata de un «apogeo» capitalista efímero. El verdadero renacimiento del espíritu capitalista en Alemania se produce a partir de 1850.

 

5º. Holanda.— Quizá sea aquí donde se desarrolló plenamente por primera vez el espíritu capitalista, adueñándose de toda una nación. Esto fue lo que ocurrió en el siglo XVII, cuando Holanda se convierte en el país modelo del capitalismo, semillero de las virtudes burguesas. Pueblo de guerreros y comerciantes, de navegantes, que no dudaban en emplear toda clase de trucos y ardides en sus operaciones, apoderándose también de ellos la fiebre especuladora y bursátil. En el XVIII es Holanda acreedora de toda Europa. Su interés por las empresas capitalistas se reduce, y los holandeses se convierten cada vez más en comisionistas y en prestamistas.

 

6º. Gran Bretaña.— El capitalismo siguió un curso distinto en Irlanda, Escocia e Inglaterra. A partir de finales del siglo XVII, sobre todo desde la unión de Inglaterra y Escocia (mayo de 1707, bajo la reina Ana I Estuardo[1], que desde 1702 era reina de Inglaterra e Irlanda), la marcha del capitalismo en Inglaterra se ve fuertemente influenciada por lo que ocurre en Escocia. El surgimiento del capitalismo en Escocia es un acontecimiento único en el mundo. Ocurrió de pronto. Fue a finales del XVII, en tiempos de una fuerte exaltación religiosa, produciéndose una súbita eclosión de un indomable afán de enriquecimiento y espíritu de empresa.

En cuanto a Inglaterra, los expertos señalan un adormecimiento del espíritu capitalista a principios del siglo XX, que se ha puesto de relieve en el hecho de que la racionalidad de la administración económica haya dejado de ser absoluta y obligatoria, en que los empresarios no hayan puesto las ciencias técnicas a su servicio, a diferencia de Alemania, en la irracionalidad y tradicionalismo en el comercio y en el decaimiento del espíritu de empresa, el interés por los negocios y el amor al trabajo.

 

7º. Los EE. UU.— El espíritu capitalista estaba ya presente desde las primeras fundaciones de las colonias inglesas. En EE. UU. es donde con mayor rapidez y plenitud se ha desarrollado el espíritu capitalista en todo el mundo, como puede comprobarse a principios del siglo XX.

 

 

*CUARTA PARTE: El burgués de antaño y de ahora.

 

A) El burgués de viejo estilo.— El empresario capitalista del llamado capitalismo temprano (desde el siglo XIV hasta finales del siglo XVIII) difiere radicalmente del tipo de empresario capitalista moderno. El burgués de viejo estilo era también un empresario capitalista, por supuesto: su fin era el dinero, la creación de empresas su medio, especulaba, calculaba y se apoderaron de él las virtudes burguesas. Pero lo que verdaderamente le distingue es que todos sus actos, pensamientos y proyectos venían determinados por el perjuicio o beneficio que pudieran reportar al hombre vivo y real. El hombre continuaba siendo el centro, la medida de todas las cosas. Prueba de ello son estos cuatro rasgos:

 

—Su concepto del sentido de la riqueza; su actitud ante las propias ganancias. La riqueza no es el fin último, sino que debe servir para crear o conservar valores vitales.

—Su actitud ante la vida de los negocios, es decir, el hecho de que el ritmo de su actividad económica era aún moderado y su conducta sosegada, exenta de agitación. Lo vemos perfectamente en la distribución del tiempo diario de Benjamín Franklin. Italianos, alemanes e ingleses tienen todavía ideales rentistas, nostalgia por la vida sosegada del campo. Otra característica era que se tratase de elevar los precios cuanto fuese posible, a fin de conseguir el máximo de beneficios con un mínimo de ventas. Este era el principio de los empresarios de entonces, de los medianos y de los grandes. Se trataba ante todo de vender a los ricos. De ahí que los economistas de los siglos XVII y XVIII fuesen partidarios de los precios altos

—Su actitud ante la competencia y la clientela. Ante todo se quiere tranquilidad. La «caza del cliente» estaba absolutamente prohibida. Quitar los clientes al vecino era considerado inmoral. También estaba prohibida cualquier práctica en caminada a aumentar la clientela. Había aversión incluso por los rótulos de las tiendas. Los anuncios comerciales eran considerados reprobables. Lo peor de todo, sin embargo, era vender a precios más bajos que la competencia. El objeto de la actividad económica era sobre todo la creación de bienes de consumo, no la mera producción de mercancías, como ocurrirá más tarde. Había un anhelo de producir buenas mercancías, mercancías auténticas. El propio Estado somete las mercancías a la supervisión de las autoridades, a fin de evitar la actividad de algunos productores sin escrúpulos. Tardaron mucho en imponerse los principios puramente capitalistas, como el que el valor de cambio es lo único que importa al empresario. Se le daba, por el contrario, gran importancia a la calidad del producto.

—Su actitud frente a la técnica. La técnica debe progresar siempre que no amenace a la felicidad humana. La disminución de coste no compensa los sufrimientos de aquellos trabajadores que por los progresos técnicos pierden su empleo. Existía una profunda aversión hacia las máquinas destinadas a ahorrar trabajo. De esta opinión era, por ejemplo, Luis Colbert. Montesquieu también se mostraba contrario al progreso técnico.

 

B) El sujeto económico moderno.—

El gran empresario (por ejemplo, los magnates de los grandes trusts americanos) reunía en su persona varios tipos distintos: era filibustero y astuto calculador, señor feudal y especulador. Otro fenómeno nuevo es el del empresario colectivo (directores a la cabeza de empresas gigantescas). La naturaleza de este nuevo espíritu del capitalismo pleno, puede concretarse en cuatro aspectos:

 

1) El hombre real ha dejado de ser el centro del interés, y en su lugar se sitúan abstracciones: la ganancia y los negocios (máxima ganancia, máxima prosperidad del negocio). Sin embargo, conviene aclarar que el principal interés del empresario no siempre es el afán de lucro, sino el interés por su empresa. Por supuesto que sin beneficio no es posible la prosperidad del negocio. Ganancias y prosperidad no tienen una meta natural, sino que tienden hacia el infinito. La directriz dominante es ampliar el negocio (para ello es fundamental una política de precios mínimos y máxima calidad). La psique del sujeto económico moderno es parecida a la de los niños. Los cuatro ideales que presiden la vida del niño (grandeza, movimiento rápido, novedad y sentimiento de poder), se encuentran en el fondo de las nociones de valor del sujeto económico moderno: valoración cuantitativa (sólo es valioso lo que cuesta mucho); rapidez en la ejecución de los proyectos; novedad y fiebre sensacionalista; sentimiento de poder, es decir, el placer de mostrarse superior a los demás (en el fondo, una manifestación de debilidad). Respecto a esto último, añade Sombart que un hombre de auténtica grandeza espiritual jamás concederá importancia al poder exterior (Sigfrido, Bismarck).

2) El empresario capitalista moderno también tiene que conquistar, organizar, negociar, calcular y especular. Lo que lo diferencia del burgués de viejo estilo es el papel relativo que cada uno de esos elementos desempeña en la actividad total. Se impone ahora la habilidad del empresario como negociante, así como su capacidad especulativa en las operaciones de Bolsa. Pero lo realmente nuevo es la dedicación intensa que dedica ahora el empresario a su negocio: la energía empleada llega al límite de las posibilidades humanas. Los valores humanos se sacrifican al Moloch[2] (Baal) del trabajo. El cuerpo y el alma se destruyen. Este desmoronamiento de la vida espiritual del sujeto económico moderno se aprecia especialmente en sus relaciones con la mujer. El amor ha desaparecido de la vida de este tipo de hombres.

3) Transformación en los principios que presiden la conducta en los negocios. El empresario se atiene hoy a las siguientes normas: racionalización absoluta de la actividad económica; la economía se organiza con vistas únicamente a la producción de bienes de cambio; al cliente se le busca, se le atosiga, se le acosa y se le asalta; se busca la máxima reducción de los costes y de los precios de venta; máxima libertad de acción, sin trabas de ningún tipo; falta de escrúpulos morales (por ejemplo, el caso del magnate Edward Henry Harriman, fallecido en 1909 y vinculado a los ferrocarriles).

4) Las virtudes burguesas han sufrido una transformación. El espíritu de Benjamín Franklin desaparece en hombres como Walter Rathenau (empresario y ministro de Exteriores alemán, asesinado en junio de 1922) o en los Rockefeller.

 

*LIBRO SEGUNDO: LAS FUENTES DEL ESPÍRITU CAPITALISTA.—

 

Los elementos constitutivos del espíritu capitalista tienen orígenes muy diversos. Este espíritu puede manifestarse tanto como una conformación determinada del carácter, como a través de una serie de facultades aprendidas. Los aludidos elementos, además, difieren en la forma de transmitirse de una persona a otra o de una generación a la siguiente. Cuando las cualidades para que se dé ese espíritu son innatas, van vinculadas a la persona y desaparecen con la muerte de ésta. De otro lado, las condiciones del nacimiento del espíritu del capitalismo difieren según las épocas del desarrollo del capitalismo. Mientras que en la época del capitalismo incipiente era el empresario quien hacía el capitalismo, en el capitalismo pleno es el capitalismo el que hace al empresario.

 

1.    Fundamentos biológicos del capitalismo.—

En primer término habría que referirse a las naturalezas burguesas. Para Sombart, todas las manifestaciones del espíritu capitalista, es decir, de la constitución psíquica del burgués, descansan en «predisposiciones» hereditarias. Estas predisposiciones no son universales. En todo perfecto burgués descansan dos almas: la de empresario y la de burgués propiamente dicho, cuya conjunción da el espíritu capitalista.

En lo que se refiere al alma o temperamento de empresario, Sombart cree que en lo que se refiere a su predisposición intelectual debe ser agudo, perspicaz e ingenioso, dotes que deben ir acompañadas de una gran energía vital. Sin embargo, su vida emocional y afectiva suele ser muy pobre. Mientras que el empresario conoce a los hombres, el artista conoce al hombre. En cambio, el empresario se parece al estratega y al estadista, pues ambos son conquistadores, organizadores y negociadores.

En lo que se refiere al alma o temperamento de burgués, habría que distinguir en primer término entre dos tipos de la naturaleza humana: las naturalezas señoriales (expansivas, derrochadoras) y las naturalezas burguesas (receptivas, ahorradoras). Mientras que los antiguos valoraban subjetivamente, nuestros burgueses lo hacen de manera objetiva. Cicerón escribió en su Brutus: «Lo que importa no es la utilidad de uno, sino lo que se es». Los no burgueses sueñan; los burgueses calculan. Asimismo, la naturaleza burguesa se contrapone a la naturaleza erótica. Sensualidad y erotismo son conceptos casi excluyentes. El carácter burgués se acomoda a la naturaleza sensual o no sensual, pero no a la naturaleza erótica. Ésta última es la que considera que en la vida sólo hay un valor perenne: el amor. El amor no entendido como un medio, ni para el placer ni para la conservación de la especie. Del amor sexual emanan el amor divino y el amor humano (el amor a otra persona, no a la humanidad en abstracto). Por todo ello, una naturaleza erótica, que cree en el amor entendido como un fin, difícilmente puede acomodarse a un orden de vida burgués y aceptar la mentalidad capitalista. Una fuerte sensualidad controlada y vigilada, en cambio, puede beneficiar a la disciplina capitalista. Las naturalezas eróticas desarrollan dimensiones y matices muy diversos: San Agustín, San Francisco de Asís. Para el desarrollo del carácter burgués es preferible una naturaleza corriente, no excepcional. El temperamento erótico y el temperamento burgués son irreconciliables. O el centro del interés es el mundo económico o el mundo afectivo. O se vive para administrar (ahorrar) o para amar (derrochar). En último término, la aptitud para el capitalismo tiene sus raíces en la constitución sexual de cada uno (en ningún momento se refiere Sombart a los estudios de Sigmund Freud).

 

También están las predisposiciones étnicas. En este sentido, todos los pueblos de Europa presentan cierta predisposición para el capitalismo, aunque varía de un pueblo a otro. Para Sombart, esa predisposición no se ha adquirido fundamentalmente en el transcurso histórico, sino que es innata, esto es, existe una predisposición étnica hacia el capitalismo. Pero mientras unos pueblos europeos ofrecen una predisposición étnica hacia el capitalismo insuficiente, otros la presentan excesiva. Entre los primeros, hay que señalar a los celtas (por ejemplo, los montañeses de Escocia, o los irlandeses, aunque también hay sangre celta entre los franceses; de ahí su tendencia a vivir de las rentas y a acaparar cargos) y los godos. Cuando los visigodos penetraron en la Península Ibérica, ya había un elemento autóctono celta y también ibero (refractario éste al capitalismo), además del elemento romano. Celtas y visigodos probablemente detuvieron el desarrollo capitalista. El estímulo capitalista vino aquí de la mano de los judíos.

Entre los pueblos europeos predispuestos al capitalismo, hay que distinguir los predispuestos a la empresas violentas (piratería) o a las actividades comerciales pacíficas. Entre los primeros, destacan los romanos, que fueron un elemento esencial en Italia, parte de España, de la Galia y de la Germania occidental. Dentro de este grupo también hay que mencionar a los normandos, longobardos, sajones y francos. A todos estos grupos, junto a los romanos, deben su espíritu empresarial los genoveses, venecianos, ingleses y alemanes.

En el otro extremo, están, como hemos dicho, los pueblos comerciantes. Estos pueblos tenían una capacidad innata de hacer negocios provechosos mediante tratos comerciales pacíficos, hábiles compromisos y un buen uso de la contabilidad. Sobre todo destacan los florentinos, los escoceses y los judíos. Lo que hizo de los florentinos el pueblo comerciante por excelencia de la Edad Media fue el aporte de sangre etrusca y griega. Los etruscos fueron muy religiosos y celosos de sus cultos, como después los florentinos. En el caso de los escoceses, la aportación de los frisones fue decisiva. De un lado está la influencia del elemento étnico romano-sajón-normando en Inglaterra, y, de otro, la del elemento frisón en la Baja Escocia. También los frisones determinarán el carácter holandés. Entre las tribus germánicas, frisones y alemanes son las ramas orientadas al comercio. De los alemanes proceden los suizos.

El caso de Florencia es especial. Mientras predominó el elemento germano, sobre todo en la nobleza, la orientación fue hacia la guerra. Una parte de esa nobleza desapareció de manera pacífica (ya lo certifica Dante); otra de manera violenta. En 1292 los popolani (elementos comerciantes) eliminan a los grandes de la administración municipal. Desde el siglo XIV el Estado florentino sólo se componía de burgueses.

También fue radical la eliminación de la nobleza de origen celta en la Baja Escocia (siglo XV).

La mezcla se sangre señorial con sangre burguesa, proceso en el que terminaba predominando la aportación burguesa, fue importante en Francia y en Inglaterra. Esa mezcla de sangre es la que explica fenómenos tan notorios como el de Leo Battista Alberti.

 

2.    Las fuerzas morales en el desarrollo del capitalismo.—

Buena parte de las doctrinas y de las virtudes capitalistas se basan en ideas utilitaristas. Leo Battista Alberti y Benjamín Franklin, que inauguran y cierran respectivamente el primer periodo capitalista, son utilitaristas de pura cepa. La virtud suprema era para Alberti la sobrietà y para Franklin la frugality (ambos términos significan «sobriedad»). Para Alberti, «virtud» equivale a buena administración y la meta del sabio debe ser la total racionalización y economización de la conducta vital. Por su parte, Franklin entiende que su esquema de virtudes atañe, más que a un espíritu religioso, a la razón humana, y recomienda tomar como modelos a Sócrates y a Jesús de Nazaret.

La Antigüedad tardía es, sin duda, una de las fuentes del espíritu capitalista. Entre el primer capitalismo en Italia y las ideas de los antiguos hay estrechos lazos. Los escritores italianos sobre temas de agricultura de los siglos XV y XVI, por ejemplo, están influidos por el estoicismo, en cuanto subordinación de los instintos a la razón. Para Alberti y esos escritores es necesario, como exigencia moral, someter la vida a método y disciplina (imprescindibles para el desarrollo capitalista). Pero también les atraía a esos italianos de los antiguos la justificación del afán de lucro. Las ideas, en este sentido, de Séneca y de Cicerón, ejercieron gran influencia, así como las del griego Jenofonte (su Oeconomicus) y las del romano Columela. También estaban los pasajes de muchos escritores antiguos que ensalzaban el ahorro y la aplicación (especialmente Ovidio y Lucrecio).

 

La religión, por supuesto, también influye en el capitalismo incipiente. Los tres grupos religiosos principales son los católicos, los protestantes y los judíos.

 

La influencia del catolicismo entre los comerciantes florentinos es inmensa. Además, el poder de la Iglesia hasta bien entrado el siglo XV es omnipotente. Alberti no se cansa de proclamar su piedad y su ortodoxia, así como recomendar servir sobre todo a Dios. Basa sus enseñanzas en mandamientos divinos, y las ideas de los antiguos, como la laboriosidad, las fundamenta con argumentos religiosos. El escepticismo no aparece hasta el siglo XV. Pero la fuerte mentalidad religiosa se mantiene entre la mayoría de los católicos hasta el siglo XVIII. Su religiosidad no puede disociarse de su actividad económica. La confesión oral, además, era un medio muy eficaz por el que la Iglesia influye en la estructura psíquica de los católicos.

En el caso de España, el catolicismo ha supuesto un obstáculo para el desarrollo del capitalismo. La razón puede estar en el largo enfrentamiento con el islam. Después de la expulsión de los musulmanes, el ideal religioso-caballeresco imprimió un carácter preeminente a las empresas coloniales.

En Irlanda es difícil comprobar si el catolicismo perturbó el desarrollo del capitalismo.

En el resto de los países, el catolicismo favorece el desarrollo del espíritu capitalista, especialmente en Italia. El formidable sistema de impuestos instituido por la Curia vaticana desde el siglo XIII y extendido por todo el mundo civilizado, fue el encargado de hacer surgir, a partir de los comerciantes italianos, un poderoso sistema bancario internacional.

El pensamiento tomista, que domina el catolicismo oficial desde el siglo XIV, interesa aquí especialmente. Sobre todo, además, claro está, de Santo Tomás de Aquino, la Summa de San Antonino de Florencia (1389-1459, arzobispo de esta ciudad) y la obra de Bernardo de Siena. El tomismo integra la religión paulino-agustiniana del amor y la gracia con la religión de las leyes y preceptos (se elimina así la dualidad ley-evangelio). La idea central de la moral de la ley tomista es la racionalización de la vida: la eterna y divina ley terrena y natural de la razón, regula los sentidos y las pasiones, encaminándolos hacia fines racionales. Pecado es todo aquello que contraviene el orden de la razón (Santo Tomás de Aquino). Del mismo modo, virtud significa mantener el equilibrio, según el dictado de la razón. La extrema virtud consiste en subordinar la concupiscencia a la razón, evitando así pasiones violentas. Esta idea, por lo tanto, de la racionalización presente en la doctrina católica tomista contribuye considerablemente al desarrollo del espíritu capitalista. Para Tomás de Aquino, las virtudes burguesas sólo florecen allí donde la vida amorosa está sometida a ciertas restricciones (las relaciones sexuales sólo tienen como objeto la reproducción). El despilfarro va unido para él a una concepción liberal en cuestiones amorosas, y de la luxuria (lujuria y lujo proceden de la misma raíz) nace la gula. La castidad y la moderación limitan el despilfarro (prodigalitas) y dan muestras de mayores dotes de administración. Los empresarios más enérgicos llevan una vida moderada. La virtud económica por definición es para los escolásticos la liberalitas (administración recta y juiciosa, ordenación de la economía doméstica, que nos enseña a hacer un buen uso de la riqueza), que se opone a la avaritia y a la prodigalitas. La ociosidad, por su parte, es la fuente de todo vicio. La tercera virtud burguesa para los escolásticos, junto a la Industry y la Frugality, es la Honesty (honradez). Los escolásticos, y Tomás de Aquino en primer lugar, perseguían no tanto dirigir la educación con vistas a potenciar la vida burguesa, sino convertir a sus contemporáneos en hombres veraces, animosos, activos y perspicaces. Condenan severamente la acidia (flojera intelectual y moral). Las virtudes cardinales para esa labor educativa son la prudencia y la fortaleza. La ética tomista, pues, es por completo favorable al espíritu capitalista. Las ideas escolásticas sobre el lucro y la riqueza son decisivas para el desarrollo de aquél. Los mencionados San Antonino de Florencia y Bernardo de Siena, ambos contemporáneos, comprenden ya perfectamente las innovaciones prácticas de la economía capitalista de su tiempo y ni mucho menos se oponen a su progreso.

Desde el siglo XIV desaparece por completo el ideal cristiano de la pobreza. Lo importante es el uso que se haga de la riqueza. Ésta no puede ser un fin en sí misma, sino un medio en beneficio del hombre (y, de paso, servir a Dios). Aunque Tomás de Aquino todavía defiende una concepción precapitalista estática de la sociedad (las personas no pueden cambiar su posición social), estas ideas desaparecen en los dos siglos siguientes en el pensamiento escolástico (por ejemplo, en el cardenal dominico Tomás Cayetano, 1469-1534, quien admite que todo el mundo tiene derecho a mejorar de posición social y económica). Estas ideas nuevas aprueban, pues, la conducta de los empresarios capitalistas. Lo que sí se condena es la ambición desmedida. Los escolásticos tardíos, aunque pueda parecer paradójico, están en contra del cobro de intereses, a fin de no impedir que el dinero se transforme en capital. Santo Tomás distinguía ya entre el préstamo sencillo (cuyo beneficio es para él inadmisible) y la inversión de capital (que es lícita). En cambio, en San Antonino de Florencia y Bernardo de Siena el concepto de «capital» está ya plenamente desarrollado. Sombart piensa que hay que esperar a Marx para oír opiniones parecidas sobre ese concepto. Ellos oponen la inversión de capital (ratio capitalis) al préstamo de dinero (ratio mutui). La primera es productiva; el segundo, improductivo. Siguiendo estas opiniones, las autoridades eclesiásticas prohíben el préstamo a interés y permiten el beneficio del capital. La única salvedad es que el capitalista ha de participar directamente en las pérdidas y beneficios de la empresa. Lo que se pretende, pues, es potenciar el espíritu de empresa, la laboriosidad, fuente de la renta capitalista. El dinero en sí es estéril, pero fecundado por la laboriosidad produce un beneficio legítimo[3]. Por eso la usura, enemigo mortal del espíritu capitalista, resulta odiosa a los escolásticos tardíos. La actividad empresarial decida y enérgica agrada a Dios; la usura y la ociosidad le repugnan.

 

En cuanto al protestantismo, es notorio el intenso sentimiento religioso de los países protestantes durante los dos siglos posteriores a la Reforma. El caso de Escocia es particularmente notable, desarrollándose el capitalismo de manera espectacular desde finales del siglo XVII. El estudio más destacado para conocer ese periodo es la Historia de la civilización en Inglaterra, de Thomas Buckle (aparecida entre 1857-1861). En general, en los países protestantes la importancia de la religión fue decisiva en el desarrollo del espíritu capitalista. La doctrina calvinista de la predestinación es un ejemplo claro de ello.

Sin embargo, también anidan tendencias anticapitalistas en la moral calvinista-puritana. Una de esas tendencias es la propia ética puritana, que recupera el ideal de pobreza del cristianismo primitivo. El teólogo puritano inglés Richard Baxter (1615-1691), en su célebre Directory, condena la riqueza y advierte de sus peligros e inutilidad, con más energía que el mismo Tomás de Aquino. Si el puritanismo no trajo consigo la destrucción del espíritu capitalista, es porque contenía en su seno elementos que lo favorecían, sobre todo la defensa de los principios de la moral tomista, es decir, una defensa aún más radical de la racionalización y metodificación de la vida, la represión de los instintos y la metamorfosis del hombre instintivo en racional. Los principios de la moral puritana los resume perfectamente el matemático y teólogo inglés Isaac Barrow (1630-1677) en su libro Of Industry. Según él, lo que había que hacer era garantizarse el «estado de gracia» a base de méritos alcanzados mediante una conducta especial, alejada de la «natural». Racionalización de la existencia orientada hacia la voluntad divina. La similitud entre la moral tomista y la puritana es, pues, muy grande. Ahora bien, los hombres del siglo XVII intensificaron aún más su sentimiento religioso. Las virtudes burguesas elogiadas por los puritanos ingleses son las mismas que elogiaban los escolásticos: laboriosidad (industry, idea central de Barrow), ocupación en cosas útiles, templanza y represión de los instintos sexuales (aún más que entre los católicos) y espíritu de ahorro. Esta última virtud cobra entre los protestantes una importancia extrema. De hecho, constituye la auténtica diferencia sustancial entre la moral escolástica y la puritana. El protestantismo borra toda necesidad artística de grandiosidad y esplendor sensibles (puede verse en su arquitectura). En cambio, la incomparable belleza de la concepción tomista reside en último término en el hecho de haber nacido de una profunda sensibilidad artística. Según el teólogo flamenco del siglo XV Dionisio Cartujano, «Dios es bello en tanto causa de la armonía y esplendor del Universo». Por eso, la belleza del cuerpo radica en la justa proporción entre sus miembros y en que el color ocupe el debido lugar. Asimismo, la belleza espiritual consiste en una conducta y en un comportamiento bien proporcionados y conforme al brillo intelectual de la razón (Para San Agustín, honestidad = «belleza espiritual»). Esta sensibilidad artística, desconocida entre los protestantes, se traducirá en magnificentia. Frente a ella los puritanos oponen la parvificentia (mezquindad). Éste es, quizás, el mayor servicio prestado por la ética puritana y cuáquera al capitalismo. Pero a ambas éticas no se las puede responsabilizar de: a) la creación y desarrollo de las tomistas virtudes burguesas (ya existían en Leo Battista Alberti), de las que ellas se apropian; b) del desmesurado afán de lucro, que corresponde a una época de capitalismo avanzado; en todo caso, la riqueza no puede ser un fin en sí y debe ir encaminada a servir a Dios y a la comunidad (también aquí reaparecen las tesis escolásticas); c) de favorecer el enriquecimiento sin escrúpulos; al revés, como los tomistas, los protestantes creen que la riqueza debe adquirirse con métodos honestos; d) tampoco son responsables del gran desarrollo del espíritu empresarial que en la época post-puritana (siglo XIX) conocieron los países puritanos (el capitalismo no puede ser reducido al puritanismo). Para Sombart, los grandes empresarios capitalistas de religión puritana han llegado a serlo más bien por su carácter personal y por las leyes del destino.

 

En cuanto a los judíos, el Derecho judío, como la moral judía, constituyen un elemento del sistema religioso. Ley moral y precepto divino son inseparables en el judaísmo. El niño judío recibe una formación religiosa sistemática. Ningún otro pueblo ha seguido tan severamente la ruta marcada por Dios ni se ha esforzado tan escrupulosamente en cumplir los preceptos religiosos. A pesar de la diáspora, los judíos se mantienen unidos gracias a la Torá[4], siendo aplastante el poder de los rabinos durante la Edad Media (judaísmo rabínico[5]). Durante mucho tiempo, el sistema religioso judío estuvo encerrado en el Talmud[6] y gracias a él vivió durante siglos la comunidad judía. La lealtad religiosa entre los judíos no es exclusiva del pueblo, sino también de las clases adineradas e inteligentes, que son de las que saldrá el espíritu capitalista.

 

En los aspectos capitales en relación con nuestro tema, no hay diferencia sustancia entre el judaísmo, el tomismo y el puritanismo. Ahora bien, el judaísmo contiene en su totalidad las doctrinas que favorecen el capitalismo, desarrollándolas hasta sus últimas consecuencias lógicas. El modo como las doctrinas judías juzgan la riqueza resulta más favorable que el de la misma religión católica. En la religión judía no ha habido nunca un ideal de pobreza reconocido explícitamente. El proceso de formación del racionalismo fue más riguroso y amplio en el judaísmo que en el catolicismo, asemejándose así más al puritanismo. Por ejemplo, la agudización de la disciplina del instinto sexual en comparación con el tomismo. Con el puritanismo coincide también en la total supresión del sentimiento artístico. Los componentes éticos favorables al desarrollo del espíritu capitalista han actuado sobre el pueblo judío mil años antes que sobre el Cristianismo. Cuando el pueblo judío hizo su entrada en la era capitalista, estaba educado de tal manera que poseía una ventaja respecto a cualquier otro pueblo cristiano. Pero lo que puso a la religión judía en condiciones de ejercer una influencia casi revolucionaria fue el trato especial que dispensaba al extranjero. Las leyes eran distintas según se tratase de judíos o de no judíos. Estaba permitido cobrarles intereses a los extranjeros (Deuteronomio, 23, 20; Éxodo, 22, 25; Levítico, 25, 37). Este derecho del cobro de intereses (usura), que estaba prohibido a los cristianos en la Edad Media, nunca fue discutido por los rabinos. La idea central de que «al extranjero le debes menos consideración que a tu hermano de religión», no ha sufrido modificación alguna desde los tiempos de la Torá.

De otro lado, las concepciones relativas a la actividad mercantil e industrial evolucionaron bien pronto hacia el comercio libre, del que los judíos han sido los padres, y con ello de la vanguardia del capitalismo. Tanto en el Talmud, como en el Sulhán Aruk[7], se defienden las teorías de la libertad industrial y mercantil, tan ajenas a todo el Derecho cristiano de la Edad Media.

 

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Para Sombart, cuanto más joven sea una religión, más se hará notar la influencia de la vida económica en las formas de aquélla. En este sentido, la doctrina moral escolástica de los siglos XIV y XV se vio decisivamente influida por la evolución de la vida económica. Pero también el catolicismo de la Alta Edad Media bebió de doctrinas filosóficas antiguas y preceptos morales judaicos. Asimismo, existe una clara influencia de la economía capitalista desarrollada en la conformación de las doctrinas calvinistas. Pero la doctrina religiosa plenamente formada también influye en el mundo económico. Para que las fuerzas morales puedan ejercer su influencia en la conducta económica, es preciso que tales fuerzas deben tener cierto dominio sobre el alma de los hombres. La condición objetiva indispensable para la eficacia de esas fuerzas morales se dio en la época del capitalismo temprano. Las fuerzas morales, indudablemente, han contribuido en la formación del espíritu capitalista (el precepto moral es la causa y la estructuración de la conducta de los sujetos económicos, el efecto).  La contribución de esas fuerzas morales al desarrollo del espíritu capitalista, se pueden resumir así:

a)    Creación de una atmósfera favorable. Constitución de una concepción de la vida basada en la racionalización y en la metodificación (influencia del pensamiento antiguo tardío y de las tres religiones: judaísmo, catolicismo, protestantismo).

b)    El cultivo de las virtudes burguesas, preconizado por esas tres religiones y por los sabios antiguos.

c)    La restricción del afán de lucro. El capitalismo primitivo se halla bajo el influjo suavizador de la doctrina moral cristiana.

 

Pero desde el principio, el judaísmo actúa a favor del enriquecimiento ilimitado y de la ruptura de las barreras de la vieja moral económica. Pero estas ideas no calaron hasta la época del capitalismo maduro, a partir de los siglos XVII y XVIII. La influencia cristiana, católica o protestante, se debilitará entonces, aumentando la judía.

Los límites de las aludidas anteriormente fuerzas morales, son dos:

a)    Los valores morales y las creencias religiosas influyen en el capitalismo y permiten el cumplimiento de ciertas condiciones objetivas, hasta que empiezan a disolverse las ideas cristianas.

b)   Aun en el caso de que los hombres sean creyentes, las fuerzas morales no representan en modo alguno las únicas fuentes del espíritu capitalista. Dicho de otro modo: las formas económicas nunca pueden nacer de aspiraciones puramente morales, cualquiera que sea su especie (ésta es también, según Sombart, la posición de Max Weber, como deja claro en su respuesta a la crítica de H. Karl Fischer).

 

Para su desarrollo, el capitalismo, naturalmente, necesita de ciertas virtudes del espíritu y del carácter, que se traducen en una disciplina del ser natural del hombre y en una ordenación del intelecto y de la voluntad. Para adquirir estas virtudes resulta necesario acatar y cumplir las normas morales que enseña la ética. Pero el desarrollo del espíritu capitalista también necesita de talentos innatos: audacia empresarial, ingeniosidad especuladora y habilidad contable. Además de las virtudes y de los talentos están las técnicas: destreza en el manejo de los negocios, habilidad para el cálculo y la organización. El nuevo capitalismo ha quebrado los límites morales impuestos por el catolicismo y el protestantismo. Ha prevalecido al final la moral judía. Pero sería un grave error derivar de esta moral el comportamiento del capitalista contemporáneo.


 

3.    Las circunstancias sociales del desarrollo del capitalismo.—

 

a)    El Estado.— Por un lado ha fomentado, pero por otro ha obstaculizado el desarrollo del espíritu capitalista. Una fiscalización exagerada puede matar el espíritu de empresa, lo mismo que una mala política comercial o industrial. Un freno muy visible para aquel desarrollo ha sido la cuestión de la Deuda Pública, sin que quepa achacar esta responsabilidad equivocada a la dirección del Estado. A partir de finales de la EM se destinaron descomunales sumas para fines bélicos que fueron a parar al Erario público. Estas sangrías debilitaron el organismo económico, que después se recuperaría gracias al uso de aquellas sumas para fines productivos. La posibilidad de invertir el dinero de un modo lucrativo en empréstitos públicos frenó necesariamente el desarrollo de aquel espíritu. Durante los siglos XVII y XVIII, en Inglaterra, Holanda y Francia se oyen quejas de personas que simpatizan con el capitalismo, en el sentido de que el dinero destinado a promover el comercio y la industria termina en el Tesoro público, donde produce altos intereses. Por ejemplo, en Francia el espíritu de empresa fue debilitado por el sistema de la venta de cargos públicos. Apoltronamiento de los ricos. Lo mismo ocurre cuando un Estado favorece a una aristocracia ajena al mundo de los negocios.

Pero frente a estas influencias negativas, es indudable que el Estado ha sido un formidable motor del espíritu capitalista. Él mismo es el primer empresario capitalista. Su influencia es sobre todo por vía indirecta, mediante su política económica. En la época del mercantilismo durante el siglo XVII, el capitalismo recibió un considerable impulso. También los intereses capitalistas eran fomentados por el Estado a través de un ingenioso sistema de privilegios (hacia los comerciantes y los emprendedores en Francia en época de Enrique II, en torno a 1568). En el siglo XIX, en cambio, la nueva legislación liberal suprimió los obstáculos gremiales y mercantilistas. Pero el principal impulso del Estado vino a través de la educación y de la enseñanza. El Estado, de otra parte, ha fomentado aquel espíritu a veces de manera sobre todo no consciente. Paradójicamente, el retraso de la unificación alemana fomentó ese espíritu, porque hizo que los comerciantes y empresario aguzasen el ingenio ante la competencia internacional. Pero la fragmentación de Alemania, la carencia de un imperio colonial y la carencia de una flota de guerra, son diferencias decisivas respecto de Inglaterra. Los comerciantes e industriales alemanes han tenido que labrarse arduamente su prestigio en los mercados exteriores.

Las ramas de la administración estatal que mayor influencia han tenido en el desarrollo de aquel espíritu, han sido el Ejército, la Hacienda y la política religiosa. El ejército entendido como ejército profesional vinculado al nacimiento del Estado moderno. Esto permitió que los burgueses se dedicasen específicamente a sus tareas económicas. Las notables dotes comerciales de los florentinos, como explica Alberti, se deben en buena medida a la escasa oportunidad de cultivar el oficio de las armas. Los judíos también han vivido mucho tiempo apartados de cualquier capacidad militar. Por el contrario, la disciplina y las dotes de organización del ejército son acicates y ejemplos para el empresario capitalista. Los judíos, sobre todo a partir del siglo XVII, fueron los grandes abastecedores de los ejércitos, además de los grandes prestamistas a los Estados para las empresas bélicas. El ejército moderno encumbró y emancipó a los judíos, que diseminaron así el espíritu capitalista.

La relación de la Hacienda con los judíos fue también muy estrecha. Las formas del capitalismo pleno tiene mucho que ver con el aumento numérico de los empresarios judíos; con la influencia del espíritu judío sobre los empresarios cristianos; con la expansión de este espíritu judío y con la selección de las variantes más adecuadas a la nueva conducta económica. Otro aspecto decisivo de la Hacienda ha sido el desarrollo de la organización financiera, que empezó en las repúblicas italianas de finales de la Edad Media. Por ejemplo, en Génova nació la contabilidad comercial gracias a la administración financiera; en Venecia y en Florencia, la moderna Estadística. La Deuda Pública dio origen al primer gran sistema de contratos, creándose así los primeros vínculos sociales a gran escala y aquellos otros en los que se basa la economía de intercambio. El aspecto negativo de la Deuda Pública, es la aparición de la especulación.

En cuanto a la política religiosa, la política eclesiástica de los Estados modernos ha favorecido el desarrollo capitalista. Paradójicamente, el concepto del hereje y del heterodoxo, es decir, de aquel que se desvía de la dogmática religiosa oficial, hizo que estos herejes volcasen su energía en la actividad económica, caso sobre todo de los judíos. El dinero se convirtió para este grupo social de los heterodoxos casi en el único camino de acceso al poder. Entre el siglo XVI y el siglo XVIII encontramos un buen número de estos heterodoxos dedicándose a la banca, al comercio en gran escala o a la industria. Los españoles decían: la herejía favorece el espíritu de los negocios. Es decir, que el espíritu comercial no está emparentado con ninguna religión en especial, sino con la parte heterodoxa de los distintos países. En Francia, por ejemplo, una vez que se produce la revocación del Edicto de Nantes (1598) en 1685, la mayor parte del comercio ultramarino y de la industria capitalista pasa a manos de los reformados. También estos reformados comercian sobre todo con Holanda y con Inglaterra, entre otras razones porque estas naciones prefieren el comercio con los reformados que con los católicos. Esta situación es la opinión de Leopold von Ranke en su Französische Geschichte (1852-1861), cuando dice que los protestantes franceses del siglo XVII, al ser excluidos del ejército y de los cargos oficiales, se ocuparán en la administración financiera, en la recaudación de impuestos y en los empréstitos públicos.

 

b)   Las emigraciones.— Sobre todo interesan aquí las emigraciones colectivas posteriores al siglo XVI, especialmente las de judíos, las de protestantes y la colonización de lo que después sería Estados Unidos de América del Norte. Los judíos españoles emigraron hacia Francia, Navarra, Portugal y Próximo Oriente. El país del que salieron más protestantes fue Francia, sobre todo cuando se abolió el Edicto de Nantes, cuyo proceso concluyó en 1685. Todos estos emigrados, sean judíos o sean hugonotes, impulsaron el capitalismo en los territorios de acogida. Los Estados alemanes acogieron un buen número de refugiados provenientes de Francia, Escocia y Austria. Los escoceses, tanto católicos como protestantes, llegaron sobre todo a Posen (la actual ciudad polaca de Poznan) y a la Prusia oriental. Estos escoceses también se establecieron en Cracovia y en Bromberg (la actual ciudad polaca de Bydgoszcz). Refugiados del Palatinado y de Holanda se establecieron en la ciudad alemana de Krefeld, impulsando la industria de la seda. En Frankfort del Main, la banca estaba en manos de holandeses y judíos. Otro gran centro de refugiados de toda Europa fue Holanda desde 1648. Allí se dio acogida a paganos, cristianos, católicos, judíos y protestantes. También Inglaterra se benefició de la emigración, sobre todo de holandeses y franceses en los siglos XVI y XVII. Con los holandeses comienza la era de la industria inglesa. Hacia América ya habían emigrado varios cientos de miles de europeos a finales del siglo XVII. Durante el siglo XIX emigran unos veinte millones de europeos a EE. UU. La estructura psíquica moderna del capitalista norteamericano ya existía cuando aún en Europa pervivía el espíritu del capitalismo primitivo. Esa estructura supone predominio del espíritu de lucro, ahorro de esfuerzo inútil, enriquecimiento incondicional y desenfrenado y extremado racionalismo económico. Lo que prima en la mentalidad del emigrante es el afán de enriquecimiento, especialmente el que se instala en territorio colonial. Para este tipo de persona sólo existe el futuro: su desmedido afán de lucro se traduce en una actividad empresarial incansable. A ella va pareja una desenfrenada especulación. El racionalismo económico-técnico se lleva así hasta sus últimas consecuencias.

 

c)    Las minas de oro y plata.— El desarrollo del espíritu capitalista requiere como condición necesaria el incremento de las reservas monetarias. En primer término, una cierta cantidad mínima de dinero metálico. La economía monetaria habitúa al hombre a ver el mundo desde una perspectiva cuantitativa, además de ser la escuela preparatoria de la concepción capitalista del mundo. El empleo generalizado del dinero prepara para el desarrollo del cálculo. Sin la economía monetaria es inconcebible el Estado moderno. En segundo lugar, un incremento de las reservas de dinero suele acompañarse de un crecimiento de las fortunas privadas. En tercer lugar, el aumento de las reservas monetarias propicia el espíritu especulativo (apareamiento salvaje de la codicia y del espíritu de empresa). Una gran riqueza monetaria excita la capacidad de iniciativa de los empresarios capitalistas, o bien despierta en estos el anhelo de participar directamente en la explotación del oro. El incremento de las reservas monetarias en Francia y en Inglaterra durante los siglos XVII y XVIII originó una rápida fiebre especuladora. En Francia, el dinero entró a través del comercio hispanoamericano. Este montante, según los ingleses, era lo que permitía a los franceses mantener diversas guerras, y el reproche de los tories a los whigs era el de no haber obstaculizado ese comercio. También de Holanda obtuvo Francia mucho dinero durante el siglo XVII. Pero el incremento de la masa monetaria en Inglaterra fue aún mayor, debido a tres fuentes principales: el dinero aportado por los inmigrantes franceses refugiados; las fortunas de los judíos emigrados de Portugal y de Holanda (en este caso, acompañando a Guillermo III de Orange); el extraordinario superávit del comercio exterior, a costa de Holanda, España, Portugal y Brasil. España y Portugal sólo eran canales por los que fluía el oro y la plata de sus colonias en dirección a Francia y a Inglaterra. Los yacimientos mineros de metales preciosos de Brasil fueron determinantes en la génesis del sujeto económico moderno.

 

d)   La técnica instrumental.—  Entre los efectos primarios o inmediatos de la técnica está el de despertar el espíritu de empresa. También la capacidad técnica ha contribuido a desatar el desenfreno del ímpetu emprendedor. En la misma esencia de la técnica moderna se encuentra su gran capacidad de transformación, despertando asimismo el espíritu especulador. De otro lado, la técnica influye y revoluciona el pensamiento del homo oeconomicus, haciéndolo más finalista, más consciente, esto es, desarrollando el racionalismo. Sobre todo desde que la técnica se ha hecho cada vez más científica. Esto es lo que ha ocurrido desde el siglo XVII, cuando la experiencia como base de la técnica se ha visto sustituida por el conocimiento científico. Las leyes científicas han sustituido a las normas. El racionalismo técnico ha fomentado el racionalismo económico. Es más: lo impone como una necesidad intrínseca. La técnica ha exacerbado el sentido de la exactitud y de la puntualidad. En este aspecto es significativo el invento del reloj en la historia intelectual del sujeto económico moderno. En el siglo XIV todas las ciudades italianas importantes disponen de relojes que dan todas las horas. En cuanto al ritmo acelerado del hombre económico moderno, es una secuela de las conquistas técnicas: ferrocarril, telégrafo, teléfono. Las conquistas técnicas han desplazado los valores vitales y han concedido un valor exagerado a los bienes materiales, lo cual se halla en íntima correspondencia con el afán de riqueza. Asimismo, hay que tener en cuenta el entusiasmo por el «progreso». Los medios se han convertido en fines. El espíritu del burgués actual se ha desinteresado por el hombre concreto. La organización basada en la persona viva ha sido sustituida por la organización mecanicista, utilitaria, orientada sólo al éxito. El mundo natural, vivo, orgánico, se ha desmoronado en beneficio de un mundo artificial de bienes materiales de consumo.

Entre los efectos indirectos de la técnica, piénsese en el descubrimiento técnico que hizo posible la extracción de la plata a partir del mineral por medio del mercurio (1557), el llamado procedimiento de amalgamas, o el rápido crecimiento de la población durante el siglo XIX.

 

e)    La actividad profesional precapitalista.— Mientras que el artesano y el campesino mantienen una relación interna y directa con el objeto que producen, el comerciante mantiene una relación externa con el objeto de su comercio. La mercancía es para él un valor de cambio, es decir, una magnitud. El comercio imprime al pensamiento una orientación cuantitativa, del mismo modo que sus diversas ramas influyen de manera variable es la estructura psíquica del sujeto económico, dirigiéndolo hacia el capitalismo. El comercio exterior educa hacia una racionalización de la conducta vital, pues obliga al comerciante a plegarse a determinadas costumbres y a elegir cuidadosamente los medios y los lugares de sus operaciones. Pero este tipo de comercio también estimula la «formalidad comercial». El principio de los mercaderes de especias de los siglos XV al XVIII, Honesty is the best policy (la honestidad es la mejor política), define muy bien el énfasis que los moralistas ponían en la virtud de la formalidad burguesa. También es distinta la mentalidad del comerciante continental de la del marítimo. Este segundo desarrolla un espíritu temerario, mientras que el primero desarrolla sobre todo la faceta de negociador y calculador, es decir, es más reflexivo y promociona más las virtudes burguesas.

Más eficaz aún que el comercio, el préstamo de dinero ha sido una auténtica escuela de adiestramiento capitalista (predominio de factores cuantitativos; importancia de la mecánica de los contratos; desaparición del principio de subsistencia; carácter abstracto del acto económico). El prestamista profesional carece de temeridad, de espíritu de empresa. Cuando esta cualidad surge, el prestamista se convierte en empresario a gran escala. En Florencia se da la paradoja de que siendo el lugar del nacimiento de la banca y el centro del comercio de la lana, también era una ciudad gremial, y en principio los gremios se oponen al desarrollo del espíritu capitalista. Sin embargo, las virtudes burguesas iban a cultivarse soterradamente en los talleres artesanos. En ellos nació la sancta masserizia, el comedimiento y el espíritu de ahorro, la castidad y la diligencia. El artesano es el precedente del burgués.

Otro factor a tener en cuenta es el resentimiento, esto es, la sublimación de los principios pequeñoburgueses, nacidos de la necesidad, a máximas generales: la transformación de las virtudes burguesas en virtudes humanas indiscutibles. Aristócratas venidos a menos eran los que denunciaban como vicioso el modo de vida señorial despilfarrador. Este «resentimiento» es el que predomina en los libros Della famiglia de Leo Battista Alberti.

 

f)     El capitalismo como tal.— Sin espíritu capitalista no hay capitalismo, y éste no es tampoco la única fuente de aquél. Conforme progresa el desarrollo capitalista, mayor importancia va adquiriendo para la conformación del espíritu capitalista, hasta que, finalmente, se llega a un punto en que él solo es el que lo crea y le da forma. Uno de los productos del progreso del desarrollo capitalista ha sido la «experiencia», que ha permitido llevar el racionalismo económico casi hasta la perfección. Este racionalismo se ha convertido en un fin absoluto, del mismo modo que se ha atendido al perfeccionamiento por el perfeccionamiento mismo. Esto lleva a desinteresarse de la persona y atender sólo al perfeccionamiento racional y técnico. Una de las consecuencias de todo este proceso de emancipación del racionalismo económico ha sido la descarga de trabajo para el empresario capitalista, en beneficio de la ocupación meramente lucrativa. En el alma del hombre económico moderno se agita el afán de lo infinitamente grande, induciéndole a empresas cada vez más altas. Ahora bien, ese afán proviene y encuentra su fuerza motriz en el deseo de ganancias. Otra ley psicológica es que a medida que se ensancha el círculo de tareas, aumenta la capacidad y la voluntad para una actuación más intensa. La violencia de las circunstancias exteriores imponen el ansia por la infinitud, así como el afán de lucro. La coacción a que se ve impelido el empresario proviene de la técnica y de la misma organización económica racionalista. Otro aspecto nada desdeñable es el ansia por aprovechar cada minuto del proceso productivo, que no se desperdicie el tiempo. A todo este torbellino no ha sido arrojado el empresario capitalista por influencia del puritanismo; mejor aún, una vez rotos definitivamente los lazos religiosos, que actuaban como un freno, se han desatado con fuerza indomable el afán de riquezas, el puro tecnicismo y el racionalismo económico deshumanizado.

 

CONCLUSIÓN.— El problema del espíritu capitalista es extraordinariamente complejo. El fundamento de todo este proceso se encuentra en los grupos étnicos que fueron imponiéndose en el Occidente europeo desde la caída del Imperio romano. En estos pueblos germánicos surgen dos impulsos poderosos: la sed de oro y el espíritu de empresa, que terminarán fundiéndose. Con la aparición del Estado moderno surge otro importante instrumento de promoción del espíritu capitalista: la heterodoxia, que, a su vez, presupone una profunda necesidad religiosa. Todas estas fuerzas impelen a la aventura de los descubrimientos y conquistas, reanimándose el espíritu emprendedor y la sed de oro con los nuevos yacimientos de metales preciosos encontrados, del mismo modo que muchas colonias fueron un auténtico vivero del espíritu capitalista. La buena administración, el ahorro y el cálculo prestarán grandes servicios. Etruscos (en la misma región de Florencia), frisones (que tanto influirán en tierras escocesas) y judíos son los primeros pueblos en los que se despierta el espíritu capitalista incipiente, todavía como espíritu de empresa y desarrollo del comercio. En el empresario capitalista confluyen el héroe, el comerciante y el burgués. Pero estos dos últimos terminan desplazando al héroe. Ello responde al desarrollo de un ejército profesional, a la autoridad moral de la religión y a la mezcla de sangre. Las dos etapas principales del proceso son: la que transcurre hasta finales del siglo XVIII y la siguiente hasta principios del siglo XX. En la primera fase, el espíritu capitalista tiene un carácter vinculado; en la segunda, totalmente libre. Los vínculos se refieren a los frenos impuestos por la religión. El desenfreno del afán de lucro está determinado, entre otros factores, por el desarrollo imparable de la técnica, por el nacimiento de la Bolsa (vinculada al espíritu judío), por la influencia del espíritu judío a partir del siglo XVII, por el debilitamiento del sentimiento religioso cristiano y por las emigraciones al extranjero. Todos estos factores permitieron el desmedido crecimiento del capitalismo.


 

[1] Ana I Estuardo (1665 – 1714) era hija de Jacobo II Estuardo. Su hermana María fue la esposa de Guillermo III de Orange, quienes se convirtieron en reyes de Inglaterra a raíz de la Revolución de 1688, cuando fue depuesto el católico Jacobo II.

[2] Moloch es un dios cananeo y fenicio al que se ofrecían sacrificios humanos. Baal (en lengua semítica, «señor») es el dios cananeo Hadad.

[3] Los estudios del teólogo católico alemán Franz Xaver Friedrich Keller (1873-1944) coinciden en sus opiniones con los de Werner Sombart. Keller fue expulsado de la Universidad por los nazis en julio de 1933.

[4] Los cinco primeros libros de la Biblia, esto es, el Pentateuco de los cristianos, que para los judíos es la ley mosaica.

[5] Los escritos de los rabinos fueron una importante fuente del Derecho judío.

[6] La tradición oral, es decir, los comentarios a la Torá, las discusiones rabínicas en torno a las leyes, tradiciones, costumbres e historias judías; hay que distinguir entre el Talmud de Jerusalén y el Talmud de Babilonia; el Talmud está dividido en dos partes: Mishná y Gemara, concluidas en lo esencial en el siglo V.

[7] Recopilación o compendio del Hosen Hamispat (Choschen Hamischpat), que significa «mesa preparada» (Venecia, 1565). El Hosen Hamispat (pectoral del juicio) es la cuarta parte del Bêt-Yosef (La casa de José), libro escrito por el talmudista toledano Yosef ben Efraím Caro (1488-1575).