La conciencia de pecado como fatalidad y como destino

(Breves reflexiones en torno a La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne)

 

 

© ENRIQUE  CASTAÑOS

 

 

 

Escrita en 1849 y publicada en 1850, la novela La letra escarlata (The Scarlett Letter)[1], del estadounidense Nathaniel Hawthorne (1804 – 1864), indaga de modo muy penetrante en el concepto de pecado, en la conciencia de culpa y en los efectos que el fanatismo religioso puede tener en las comunidades humanas y en los individuos concretos. Mi intención es reflexionar sobre estos aspectos a partir de la personalidad, el carácter, el temperamento y la estructura anímica de los tres principales protagonistas de la obra, Hester Prynne, Arthur Dimmesdale y Roger Chillingworth, aunque también haré especiales referencias a Pearl, la hija de Hester y de Arthur, como contrapunto, sobre todo, de las atormentadas existencias de sus padres.

El contexto histórico y el clima religioso-espiritual en el que se desarrolla el relato tienen una importancia más que notable en el desenvolvimiento de los hechos y en la evolución de los personajes, cuyas vidas transcurren en unas circunstancias históricas muy específicas, perfectamente conocidas por el autor de la novela. En primer término, el arco cronológico y el lugar geográfico en el que suceden los hechos: en Boston, en la colonia de Massachusetts, entre 1642 y 1649. Es decir, en el territorio de Nueva Inglaterra. El primer asentamiento estable de los ingleses en Norteamérica tuvo lugar en 1607, en Jamestown, de la mano de John Smith, al norte del cabo Hatteras, llamándose Virginia a esa primera colonia, en honor de Isabel I Tudor, la «reina virgen»[2]. En noviembre de 1620, los llamados Padres Peregrinos, a bordo del Mayflower (Flor de mayo), y después de una accidentada travesía que se había iniciado el 5 de agosto desde el puerto inglés de Southampton, llegaron a una zona situada junto al cabo Cod, al sureste de la actual Boston, en lo que sería territorio de la colonia de Massachusetts. En la primavera de 1630, junto con otros pueblos, se fundó Boston, en la Bahía de Massachusetts. Los 102 integrantes del Mayflower eran calvinistas ingleses que habían tenido que establecerse en Holanda por el hostigamiento de que fueron objeto al negarse a reconocer la supremacía eclesiástica del rey, Jacobo I Estuardo, lo que conllevaba el querer establecer su propia Iglesia. Max Weber afirma que «las discrepancias en la Iglesia anglicana fueron insuperables desde el momento en que la Corona y el puritanismo (en la época de Jacobo I) mantuvieron diferencias dogmáticas justamente en torno» a la doctrina de la predestinación; de modo general, tal doctrina «fue considerada como el elemento antiestatal del calvinismo, por lo que fue combatida oficialmente por las autoridades»[3]. Los puritanos ingleses, es decir, los calvinistas, fueron objeto de una auténtica persecución entre 1628 y 1640, por lo tanto bajo el reinado de Carlos I Estuardo. La disolución del Parlamento por el rey, que gobernó sin él durante diez años, disminuyendo notablemente las libertades inglesas, impulsó la emigración hacia las colonias de la costa este de lo que después serían los Estados Unidos, marchándose unas veinte mil personas durante el mencionado periodo, la inmensa mayoría de convicciones profundas. Durante el periodo en el que transcurre el relato de Hawthorne, esto es, desde el inicio de la guerra civil inglesa en 1642 hasta la ejecución de Carlos I Estuardo en 1649, menguó, no obstante, la emigración puritana.

Desde muy pronto surgió el autogobierno en las colonias. La primera carta constitucional se redactó en Virginia en 1619, y con ella se pretendía que los colonos gozasen del sistema de libertades por el que durante tanto tiempo se había luchado en Inglaterra. Inmediatamente después llegó el sistema representativo a la Bahía de Massachusetts, y, por lo tanto, a Boston. Pero con una importante y decisiva peculiaridad: que, desde el otoño de 1630, los nuevos miembros admitidos en el cuerpo político de gobierno de la colonia, debían necesariamente formar parte de alguna de las Iglesias establecidas dentro de los límites de ese cuerpo político. En la práctica, esto se traducía en el establecimiento de una suerte de teocracia o Iglesia-Estado. La concentración de los poderes judiciales y legislativos en manos del gobernador de la Bahía de Massachusetts, de sus asistentes y de los pastores protestantes, supuso la creación de una pequeña oligarquía en la colonia. Este sistema oligárquico empezó a tambalearse en 1632, por la protesta de los ciudadanos carentes de representación que se negaron a pagar un nuevo impuesto destinado a garantizar la defensa de la colonia. A partir de ese momento, comenzaron a ponerse los cimientos de una auténtica legislatura unicameral, en cuanto que el Gobernador y sus asistentes empezaron a reunirse periódicamente con los representantes o delegados de las distintas poblaciones. La Cámara inició sus sesiones en 1634, teniendo plena autoridad legislativa, aunque en 1644 escindióse en dos asambleas, una alta, constituida por los asistentes, y otra baja, integrada por los delegados de los pueblos. Durante medio siglo, la colonia de la Bahía de Massachusetts continuó siendo una república puritana, gobernada por sus propios legisladores. La historia narrada por Hawthorne entra de lleno en ese periodo de la colonia entendida como república puritana[4]. La inexistencia de un Gobierno tiránico en las colonias no impide reconocer el establecimiento de una teocracia en Nueva Inglaterra hasta el último decenio del siglo XVII. Esta teocracia debe ser matizada. Mientras que en Virginia y en otras colonias del sur, «la Iglesia anglicana aceptó el auxilio del Gobierno», aunque sin ejercer «el menor control sobre el Estado», en cambio, «en Massachusetts y Connecticut, la Iglesia puritana se identificó en gran medida durante décadas con el Estado, ejerció un fuerte control sobre el Gobierno, y, de hecho, mantuvo mucho tiempo una suerte de despotismo eclesiástico»[5]. Allan Nevins y Henry Steele Commager afirman que «la razón fundamental por la que los puritanos emigraron a Massachusetts fue la de establecer una Iglesia-Estado y no la de encontrar libertad religiosa. Los puritanos no eran religiosos radicales; eran religiosos conservadores»[6]. Debe aclararse que el propósito de hallar libertad religiosa no puede ser desdeñado, pues resulta demostrado que sufrieron persecución en Inglaterra desde 1628 aproximadamente. En Inglaterra no les había satisfecho la preeminencia del rey sobre la Iglesia, el residuo de formas católicas en el culto y el relajamiento moral, parcela decisiva en la que eran mucho más estrictos. El caso es que la Iglesia-Estado calvinista triunfó en la Bahía de Massachusetts, con lo que eso significaba tanto de establecimiento de una dura disciplina, como de disolución del ideal de los Peregrinos de que cada congregación se autogobernase. Nos interesa particularmente recordar aquí los pasos que los dos mencionados historiadores admiten en la creación de la Iglesia-Estado en Massachusetts, una realidad notablemente articulada ya en 1646. El primero de esos pasos fue que para que un hombre pudiese votar o desempeñar un cargo en la administración de la colonia, debía necesariamente ser miembro de la Iglesia puritana. El segundo paso consistió en que resultaba obligatorio asistir a los oficios religiosos, medida que pretendía proteger a la Iglesia puritana de los descreídos. El tercer paso suponía que tanto la Iglesia calvinista como el Estado de la colonia debían aprobar conjunta e inseparablemente el establecimiento de una nueva Iglesia en el territorio de la Bahía de Massachusetts. Ningún espíritu religioso discrepante, pues, podía establecerse en todo el territorio de Massachusetts. En cuarto y último lugar, que el Estado debía subvenir al mantenimiento económico de la Iglesia puritana, de tal modo que tanto el Estado como los jefes de la Iglesia puritana actuaban juntos cuando se trataba de castigar una infracción de la disciplina moral y eclesiástica[7]. Como descripción complementaria a lo anteriormente expuesto, reproduzco las palabras empleadas por el narrador de la novela para pergeñar los rasgos de la comunidad en la que se desenvuelven las peripecias de nuestros protagonistas: «…una comunidad que debía tanto sus orígenes como su progreso, y su actual estado de desarrollo, no a los impulsos de la juventud, sino a las austeras y controladas energías de la madurez, a la sombría sagacidad de la experiencia, habiendo logrado tantas cosas justamente porque habían imaginado y esperado tan poco» (cap. 3).

En los últimos años de ese turbulento periodo que comprende cronológicamente la novela, surge en Inglaterra la poderosa figura de Oliverio Cromwell, el único dirigente político inglés cuyo poder se ha sustentado en el Ejército[8]. Cromwell era, en materia religiosa, un puritano, esto es, un calvinista, aunque su tolerancia fue mucho mayor que la que practicaban los habitantes de las colonias inglesas a mediados del siglo XVII. De hecho, la novela tiene como uno de sus principales propósitos denunciar el fanatismo religioso de la sociedad puritana de las colonias de la costa Este norteamericana, en concreto en Massachusetts. Sobre los habitantes de Nueva Inglaterra en la época en que transcurren los hechos, afirma el narrador, pues la novela está contada en tercera persona, que «estos pequeños puritanos [pertenecían] a la generación más intolerante que jamás haya pisado la tierra» (cap. 6).

La intolerancia que hemos descrito en Nueva Inglaterra, fue documentada y analizada en el célebre estudio del jurista alemán Georg Jellinek (1851 – 1911) titulado La declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, publicado por vez primera en 1895. En él se nos dice que, cuando en el año 1629, los puritanos fundaron Salem, la segunda ciudad de Massachusetts después de New Plymouth, olvidaron las persecuciones de que habían sido objeto en su patria y «se manifestaron intolerantes respecto de cuantos profesaban principios religiosos distintos de los suyos»[9]. Al desembarcar, en 1631, Roger Williams en Massachusetts, la comunidad de Salem lo eligió pronto como su pastor, pero las ideas tolerantes en cuestiones religiosas de Williams terminarían convirtiéndolo en un proscrito y un perseguido. Tuvo que abandonar Salem, y, en 1636, junto con otros seguidores, fundó la ciudad de Providence, que se convertiría en un refugio para aquellos que sufrieran persecución religiosa en los territorios colindantes. Roger Williams era partidario de «la separación de la Iglesia y del Estado, y reclamó además una absoluta libertad religiosa, no sólo para todos los cristianos, sino también para los judíos, turcos y paganos, los cuales debían tener en el Estado iguales derechos civiles y políticos que los creyentes. La conciencia del hombre pertenece a él mismo, no al Estado»[10].

Las libertades democráticas y la tolerancia religiosa no se afianzaron en las colonias inglesas en América precisamente de la mano de las comunidades puritanas «calvinistas» establecidas en Nueva Inglaterra, sino por influencia del Independientismo puritano, cuya forma más primitiva es el Congregacionismo que se articula en Holanda en torno a la figura de John Robinson, cuya actividad transformó las ideas de Roberto Brown, quien a fines del siglo XVI en Inglaterra estaba promoviendo una Iglesia reformada, o, lo que es lo mismo, calvinista. Pero esta Iglesia reformada de Robert Brown debía identificarse con la comunidad de los creyentes en una forma superior de Comunidad, mediante un pacto con Dios, comunidad de creyentes que debía regirse por las decisiones de la mayoría. Será John Robinson, pues, el que quiebre esta idea originaria, ya que el Congregacionismo propugnaba la separación de la Iglesia y del Estado[11]. Precisamente tales principios del Congregacionismo, convertido ahora en Independientismo, a pesar de sus orígenes puritanos, no cuajaron en el territorio de Nueva Inglaterra, que como hemos explicado orientóse en una dirección teocrática.

Basándose en Jellinek, el historiador y sociólogo alemán de las religiones Ernst Troeltsch (1865 – 1923), va a proporcionarnos una explicación convincente del origen de la idea de los derechos del hombre en las colonias inglesas de América, idea que Jellinek deriva de las Constituciones de los Estados norteamericanos, aunque tales Declaraciones de Derechos deriven a su vez de principios religiosos puritanos. Ahora bien, ¿de qué tipo de puritanismo están hablando Jellinek y Troeltsch? Éste último subraya cómo Jellinek establece una relación directa entre los principios religiosos puritanos y las exigencias político-democráticas que se contienen en las Declaraciones de Derechos como formulaciones jurídicas. La relación establecida por Jellinek, la resume así Troeltsch: «Estaríamos, pues, en presencia de una acción muy importante del protestantismo, que habría introducido en la realidad estatal y en la vigencia jurídica general una ley y un ideal fundamentales de índole moderna»[12]. Pero, a continuación, también admite Troeltsch una cierta falta de precisión en Jellinek, pues ese protestantismo puritano del que derivan para ambos las Declaraciones de Derechos, no es precisamente «calvinista», «sino un entretejido de ideas baptistas, independientes y espiritualistas subjetivas fundido con la vieja idea calvinista de la invulnerabilidad de los derechos mayestáticos divinos, combinación que desde un principio se halla muy cerca del tránsito a una fundación racionalista. Los Estados puritanos calvinistas norteamericanos han sido democráticos, pero no sólo ignoraban por completo la libertad de conciencia, sino que la rechazaron en calidad de escepticismo ateo. Libertad de conciencia la hubo sólo en Rhode Island, pero este Estado era baptista y odiado, por esta su condición, por los Estados vecinos como sede de la anarquía[13]; su gran organizador, Roger Williams, se pasó primero al baptismo y luego se convirtió en un espiritualista sin confesión. E, igualmente, el segundo hogar de la libertad de conciencia en Norteamérica, el Estado cuáquero de Pensilvania, es de origen baptista y espiritualista»[14]. Repárese en que esa «invulnerabilidad de los derechos mayestáticos divinos» pasaría luego a los derechos de la persona, en cuanto que inalienables.

Lo que me interesa destacar aquí es el alejamiento de la teocracia que se instala en la Bahía de Massachusetts del espíritu de tolerancia religiosa y de su escasa participación en la génesis de las Declaraciones de Derechos en el marco de una sociedad democrática, aunque, como ya se ha dicho, las cosas cambian drásticamente allí desde finales del siglo XVII. Sólo hay un problema, acerca del cual nada dicen ni Jellinek ni Troeltsch. El problema es que, a pesar del grado de intolerancia religiosa de Massachusetts, en el seno de los que pertenecían a la «asamblea alta» de esta república puritana, sí regía un funcionamiento democrático. Salvando las distancias, y sin ánimo de establecer comparaciones forzadas, también en la Atenas de Pericles la democracia estaba bastante desarrollada entre los ciudadanos varones libres, a pesar de la exclusión de los esclavos, las mujeres y otros grupos sociales. La democracia esclavista de la Atenas clásica ofrece, por tanto, serias limitaciones, como también estaba limitada la democracia en la colonia de Massachusetts durante el siglo XVII, por mucho que funcionase en el seno de una oligarquía de notables.

Por lo que se refiere a la opinión del propio Nathaniel Hawthorne acerca de las convulsiones revolucionarias en cuanto acontecimientos históricos, la desliza parcialmente a través de la figura del narrador de la novela, cuando éste compara irónicamente el carácter del patíbulo en el que fue expuesta Hester Prynne, «un factor tan importante en la formación de buenos ciudadanos», con el papel de «la guillotina entre los terroristas de Francia» (cap. 2). Aunque con infinita mayor torpeza, me permito, del mismo modo que Herman Melville en el capítulo cuatro de su genial relato Billy Budd, marinero (escrito en 1889), hacer aquí una digresión en relación a las palabras que acabo de reproducir, en la que repito las observaciones que ya hice, a propósito de un penetrante juicio político-moral del personaje de Andrei Petróvich Versílov sobre Juan-Jacobo Rousseau, en mi ensayo de septiembre de 2013 sobre la novela El adolescente (1876) de Dostoyevski. Naturalmente, Hawthorne se está refiriendo al sanguinario periodo del Terror en Francia, esto es, desde que Maximiliano Robespierre asumió la dirección del Comité de Salud Pública en agosto de 1793, omnipotente órgano de Poder en el que se había integrado el 27 de julio, hasta el Golpe de Estado de 9 de Termidor (27 de julio de 1794), que es cuando caen Robespierre, Saint-Just y sus secuaces, si bien el Terror continuó, pues sólo por la ley del Gran Terror de 9 de termidor fueron enviadas a la guillotina 1376 personas. Ya hubo un Primer Terror entre el 2 y el 6 de septiembre de 1792, pocas semanas antes de la apertura de la Convención republicana. También habría, junto a otros execrables desmanes, una «forma larvada de Terror blanco» en el invierno de 1794-1795 y en la primavera-verano de 1795, bajo la Convención Termidoriana. Por no hablar de las renovadas matanzas de sacerdotes (entre 1700 y 1800 individuos) durante el Segundo Directorio, como consecuencia de las disposiciones adoptadas el 19 de fructidor de 1797 (5 de septiembre)[15].

Es importante destacar la observación del narrador, pues la Revolución norteamericana estuvo exenta de tales prácticas terroristas, que, en el caso de Francia, ya fueron proféticamente entrevistas, como consecuencia de un riguroso análisis de los hechos, y no por ningún don especial para la profecía, por el dublinés Edmundo Burke en su famoso libro Reflexiones sobre la Revolución en Francia, publicado a finales de 1790 y probablemente el texto fundacional del pensamiento político conservador en Europa, empleando aquí el término «conservador» en su acepción más noble, un libro cuyas premoniciones, a pesar de la rápida respuesta en contra de Thomas Paine con su Derechos del hombre (1791), se verían desgraciadamente verificadas por los hechos, como el propio Burke pudo constatar personalmente, pues murió en julio de 1797 (aunque no pudo conocer los masivos asesinatos de sacerdotes de finales del verano de ese año). Y es que, como de modo magistral e insuperable analizó y escribió la pensadora judía de origen alemán Hannah Arendt en Sobre la revolución (1963), la «voluntad general» de Rousseau, que es la única que admite Robespierre, es todavía esa «voluntad divina» de la monarquía absoluta «cuyo solo querer basta para producir la ley». Esta argucia jurídica tiene su fundamento y su explicación en la deificación del pueblo que se llevó a cabo en la Revolución francesa, y que, para Hannah Arendt, «fue consecuencia inevitable del intento de hacer derivar, a la vez, ley y poder de la misma fuente. La pretensión de la monarquía absoluta de fundamentarse en un “derecho divino” había modelado el poder secular a imagen de un dios que era a la vez omnipotente y legislador del universo, es decir, a imagen del Dios cuya Voluntad es la Ley»[16]. Los Padres Fundadores no cometieron la desastrosa equivocación posterior de los revolucionarios franceses de confundir el origen del poder con la fuente de la ley. Para los Padres Fundadores, el origen del poder brota desde abajo, del «arraigo espontáneo» del pueblo, pero la fuente de la ley tiene su puesto «arriba», en alguna región más elevada y trascendente. Es en el curso de los acontecimientos revolucionarios franceses, y, sobre todo, después de que los jacobinos se hiciesen con el poder tras el fracaso e incapacidad de los girondinos, cuando la volonté générale de Rousseau sustituirá definitivamente a la volonté de tous del pensador ginebrino. La «voluntad de todos» suponía el consentimiento individual de cada uno, y ello no se ajustaba a la dinámica propia del proceso revolucionario. De ahí que fuese reemplazada por esa otra abstracta «voluntad» que excluye la confrontación de opiniones y es una e indivisible. La república es, así, sustituida por le peuple, lo que, en palabras de Arendt, «significaba que la unidad perdurable del futuro cuerpo político iba a ser garantizada no por las instituciones seculares que dicho pueblo tuviera en común, sino por la misma voluntad del pueblo. La cualidad más llamativa de esta voluntad popular como volonté générale era su unanimidad, y, así, cuando Robespierre aludía constantemente a la “opinión pública”, se refería a la unanimidad de la voluntad general; no pensaba, al hablar de ella, en una opinión sobre la que estuviese públicamente de acuerdo la mayoría»[17]. La ventaja inmensa de la Revolución que dio lugar a los Estados Unidos fue el haber tenido como modelo a Charles Louis de Secondat, barón de La Brède y de Montesquieu, es decir, el principio de la división de poderes, mientras que la desgracia de la Revolución francesa fue el haber tenido como modelo a Jean-Jacques Rousseau, es decir, la dictadura de la volonté générale, una pura abstracción racional que asfixia la libertad. De ahí el carácter mucho más violento y sangriento de la Revolución francesa y el embrión totalitario que se incubó en su seno. Quien sí que supo apreciar la impagable actuación de los Padres Fundadores y de los revolucionarios norteamericanos, fue el marqués de Condorcet, en su breve pero extraordinario ensayo Influencia de la Revolución de América sobre Europa (1788), al que poco caso se hizo en Francia. El propio Condorcet, que no votó a favor de la ejecución de Luis XVI, pues era contrario a la pena de muerte, tuvo que quitarse la vida, envenenándose, el 8 de abril de 1794, pues, a pesar de su labor en la Convención, a pesar de su espíritu de tolerancia y de sus ensayos, folletos y opúsculos en pro de una libertad real, no abstracta, fue detenido con el propósito prácticamente seguro de enviarlo a la guillotina[18].

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El personaje principal de la novela, alrededor del cual gira todo, es Hester Prynne, una mujer joven y bella, de sólidos principios morales, culta, indómita y amante de la libertad, en una época en que comenzaba a emanciparse el intelecto humano (cap. 13), pues nos encontramos en plena revolución científica, como consecuencia, sobre todo, de los hallazgos en el campo de la astronomía del italiano Galileo Galilei († 1642) y del alemán Johannes Kepler († 1630), quienes impulsaron de manera decisiva el establecimiento del nuevo método científico, delimitando nítidamente las parcelas de la fe y de la ciencia, que, como argumentó reiteradamente Galileo a partir de 1610, no tienen por qué entrar en contradicción, siempre y cuando una y otra permanezcan en sus respectivos campos, sin invadirse mutuamente. Galileo, que era un creyente y católico convencido, pretendía sinceramente, además, preservar a la propia Iglesia, evitando que cayese en el ridículo frente a los protestantes. Si las verdades de la ciencia, descubiertas a través de la observación y del método experimental, no pueden ser alteradas, pues eso sería contravenir las leyes y los fenómenos evidentes de la naturaleza, lo que deben hacer los teólogos es reinterpretar la Sagrada Escritura, a fin de acomodarla a tales verdades, lo que en ningún caso significa subordinación de la fe a la ciencia, sino delimitación estricta de sus respectivos campos de actuación[19]. No hace falta insistir que las otras dos figuras fundamentales en los cambios que se están produciendo en las ciencias matemáticas y en la emancipación del intelecto humano respecto de los prejuicios, de la ignorancia y del fanatismo, son los pensadores franceses Renato Descartes († 1650) y Blas Pascal († 1662), si bien este último hará bien en advertir del peligro del ensoberbecimiento del hombre, que cometería un gravísimo error, como de hecho ocurrirá más adelante, en creerse un dios y no ser consciente de sus limitaciones.

En cuanto al carácter indómito y al amor por la libertad de Hester Prynne, el lector evoca de inmediato a la anticonvencional y apasionada Catherine Earnshaw de Cumbres borrascosas (Wuthering Heights), la inmortal novela de Emily Brontë publicada en diciembre de 1847, tan sólo un año y medio antes del comienzo de la redacción de La letra escarlata. Aunque las circunstancias sean por completo distintas en ambas novelas, y aunque Catherine se case con el joven Edgar Linton, quién sabe si por atolondramiento de la juventud o deslumbrada ante el refinamiento de la familia que la acoge, si bien su corazón pertenece por entero íntimamente a Heathcliff, el narrador de la novela de Hawthorne hace una interesante observación en relación a Hester: «Es curioso que las personas que se atreven a dejar que su imaginación especule libremente sean a menudo las que se amoldan con mayor tranquilidad a los reglamentos externos de la sociedad» (cap. 13). La razón de ello se encuentra, al menos en el caso de Hester, tanto en la actividad del pensamiento, como en el hecho de que su alma se mantiene completamente libre. Otra razón muy poderosa es la compensación que halla en su plena dedicación al cuidado y educación de su hija, la pequeña Pearl. Será este conjunto de razones, principalmente, el que la conduzca a aceptar el humillante castigo impuesto por la comunidad en la que vive.

¿Cuál ha sido su pecado? Según el gran lógico de la primera mitad del siglo XII en el Occidente cristiano, Pedro Abelardo, «lo característico del pecado es su consentimiento al mal». Para Abelardo, «la causa de la transgresión» es «un simple movimiento de abandono»[20]. Pero, como vamos a ver en seguida, en la acción de Hester Prynne ni puede hablarse propiamente de maldad ni tampoco de «abandono», esto es, de despreocupación o perezosa inconsciencia; en todo caso, y tampoco podemos estar seguros, de irreflexivo impulso. Su pecado, si puede llamársele así, es el único desliz que ha cometido en su vida: mantener una fugaz relación con el pastor protestante Arthur Dimmesdale, fruto de la cual será su embarazo y el nacimiento de Pearl. Los jueces, que podrían muy bien haberla condenado a muerte si se hubiese tratado de un adulterio normal, es decir, en el caso de haber mantenido relaciones extramaritales engañando al esposo, la obligan a llevar permanentemente una gran letra A de adúltera sobre su pecho, una letra que ella misma bordará de manera exquisita, pues era una excelente bordadora, con hilo de oro, sobre un fondo rojo. No obstante la precisión sobre el concepto de pecado de Pedro Abelardo que me ha parecido pertinente hacer, Hester Prynne sí tendrá, efectivamente, conciencia de haber cometido un pecado, aunque mayor será ese sentimiento de culpa en Arthur, un personaje verdaderamente atormentado. La educación recibida y el ambiente religioso opresivo en el que viven, les predispone sin duda a tener esa conciencia. Pero conviene reparar en una serie de circunstancias que Hawthorne ni mucho menos consiente que sean las que rodeen el hecho por un simple capricho de su imaginación creadora, sino presentándolas, si puede decirse así, en cierto modo como atenuantes, a la vez que las acompaña de una decisión al menos que engrandece desde el punto de vista moral a su valiente heroína. La primera es que Hester, cuando se entrega a Arthur, está absolutamente convencida de que su marido, Roger Chillingworth, está muerto, sumergido para siempre en las profundidades del Atlántico, al creer todos los habitantes del poblado que había naufragado el barco que lo transportaba de Inglaterra a Boston, pues Chillingworth, al objeto de resolver una serie de asuntos pendientes, partió después que Hester. Insisto en que no es que lo creyesen ella y Arthur, sino que lo pensaba toda la población del pequeño Boston. Lo que no se le perdona a Hester es que haya mantenido una relación, aun estando casi con absoluta certeza viuda, con un hombre sin estar casada.

Una segunda circunstancia es que un pastor calvinista, como cualquier otro sacerdote protestante, podía casarse, es decir que no estamos ante una rotunda obligación de celibato, como la establecida por la Iglesia católica para los sacerdotes, y más aún después del Concilio de Trento, cuyas sesiones finalizaron en diciembre de 1563. Naturalmente, un pastor calvinista, así como cualquier otro protestante, no podía mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio, a pesar de que los dos únicos auténticos sacramentos admitidos finalmente por Martín Lutero serían el Bautismo y la Eucaristía. Esas relaciones, en tales circunstancias, sí eran un grave pecado, especialmente entre los puritanos y otras confesiones de similar naturaleza, y, de ahí, en buena medida, la honda conciencia de pecado que se apoderará de ambos amantes. Conviene, además, resaltar, que, aunque el celibato sólo regía para los sacerdotes católicos, sin embargo, la intolerancia en el seno de las confesiones protestantes en torno a estas cuestiones relacionadas con el contacto carnal extramarital, era mucho mayor, entonces también, que la que era común en la Iglesia de Roma. Es muy probable que esa intolerancia derivase en parte del profundo rechazo hacia el engaño y la mentira entre las distintas Iglesias protestantes.

Una tercera circunstancia que no debe ser olvidada es que tanto Hester como Arthur han mantenido su fugaz relación como consecuencia de la atracción, tanto física como espiritual, que sentían mutuamente, afinidad que puede deducirse de la entrevista que ambos mantendrán, siete años después de la condena, en el interior del bosque, con la intención de clarificar su futuro. Aunque el novelista no nos proporciona ningún detalle relacionado con el contacto carnal entre ambos, pues sumerge desde el principio mismo de la narración al lector en medio del humillante espectáculo de la condena pública de Hester, es decir, lo sitúa in media res, en mitad mismo de la historia[21], sin preámbulos preliminares de ningún tipo, lo cierto es que la narración misma se encarga de dejar claro en la apreciación del lector que Hester no es precisamente una «cualquiera», una mujerzuela de moral laxa, sino todo lo contrario, una mujer de sólidos principios morales, de conducta intachable, que ha sido una buena y paciente esposa durante el tiempo que ha durado su matrimonio, a pesar del carácter del marido, y que por nada del mundo se entregaría a un hombre por capricho de la voluntad o para satisfacer meramente un apetito carnal. Si Hester se ha entregado a Arthur es porque lo ama, porque se ha dado cuenta inmediatamente que también él le corresponde y que pueden construir juntos un porvenir. No cabe pensar que Hester Prynne se haya entregado a un hombre voluble, disoluto, a un hombre que sólo pretendiese aprovecharse de ella. Ni Arthur es ese tipo de hombre, pues sus escrúpulos morales son muy firmes, ni ella tampoco lo hubiese consentido. Pero la conciencia de haber hecho algo prohibido―pues resulta indiscutible que estaba prohibido por las leyes religiosas de la comunidad en la que voluntariamente viven―es tan fuerte en ambos, que los atenaza, les impide reconducir satisfactoriamente la delicada situación a que los ha llevado su actitud impulsiva. Más aún; muy cerca del poblado hay tribus indias, y ella podría perfectamente haberse puesto en contacto con alguna de ellas a fin de obtener un brebaje que le interrumpiese el embarazo. No lo ha hecho; ni siquiera se le ha pasado por la imaginación, y ello tiene tanto que ver con sus firmes principios morales y religiosos como con la percepción de que, si bien ha hecho algo prohibido, un pecado a los ojos de los hombres, en el fondo no es algo que pueda ser considerado absolutamente malo a los ojos de Dios. La condena que se cierne sobre ella es una condena ejercida por los hombres, por los censores y jueces humanos, no una condena explícita del propio Dios. Pero, al ser plenamente consciente de la falta cometida, acepta con todas sus consecuencias el castigo impuesto, sin oponer la más mínima resistencia, de igual modo que tampoco ha ocultado ni el embarazo ni el nacimiento de su hijita.

Ahora bien, eso sí―y esta sería una nueva circunstancia a tener en consideración, o mejor dicho, un factor decisivo que pone de relieve con prístina clarividencia la dignidad e integridad moral de la heroína―, Hester se niega reiteradamente, y así se mantendrá hasta el final de la historia, a revelar el nombre de su amante, a pesar de que éste, devorado por los remordimientos y por lo que ella lleva padeciendo desde que la ingresaron en prisión, la exhorta, delante del patíbulo donde transcurre su humillación pública, a que diga el nombre de su amante, a que lo pronuncie en voz alta, sin tapujos ni medias palabras. Esta exhortación de Arthur es indudablemente sincera. Constituye un deseo de expiación de su culpa. Pero Hester no lo hace; precisamente porque ama a Arthur, porque sabe que éste se ha conducido honestamente con ella, no quiere perjudicarlo, arruinándole su carrera, pues ello conllevaría a hacer con él lo que están haciendo con ella, delante de todos sus feligreses, que lo tienen por un hombre recto, honrado y virtuoso. De hecho lo es, e incluso, en cuanto tenga oportunidad, intercederá valiente y noblemente por Hester para que no le arrebaten a la pequeña Pearl.

Hawthorne dibuja en Hester el personaje de una mujer fuerte, que consigue sobreponerse a la adversidad, concentrando toda su vida en el cuidado y educación de su hija. Ya en el camino de la cárcel al patíbulo para ser exhibida públicamente, Hester Prynne mantuvo una actitud serena que sólo se explica por esa condición de la naturaleza humana según la cual «el que sufre no conoce la intensidad de lo que padece sino por el dolor que sigue a ese momento» (cap. 2). Sobrellevará con ejemplar dignidad la humillación a la que es permanentemente sometida, pero acabará ganándose la admiración de sus congéneres, no sólo por su vida de recogimiento, de trabajo (ya he dicho que es una estupenda bordadora) y de abnegación, sino porque con total altruismo se dedicará a hacer el bien a sus semejantes, ayudándoles de verdad en momentos de tribulación, de enfermedad o de desgracia. El credo de Hawthorne se expresa en las palabras del narrador, cuando dice que la naturaleza humana, a no ser por la presencia del egoísmo, está más predispuesta al amor que al odio (cap. 13), a pesar de la delgada frontera que separa a ambos. Hester Prynne es un vivo ejemplo de ello. A continuación de esas palabras, se nos resume la evolución espiritual de Hester después de su condena, cómo no ha esperado que sus semejantes se compadezcan de su sufrimiento, cómo se ha deslizado sinceramente por la senda de la virtud, sin odio alguno hacia quienes la han humillado tan espantosamente, sino aceptando el castigo debido por su pecado y encauzando su vida por el camino del bien (cap. 13).

Para Hawthorne, uno de los mayores enigmas del mundo es «ese misterio que es el alma femenina, sagrado incluso en su corrupción» (cap. 3), misterio al que tendrá que dirigirse Arthur, impelido por sus superiores, para que convenza a Hester a revelar el nombre de su amante. Ante la negativa de la joven, Dimmesdale murmura para sí: « ¡Portentosa fortaleza y generosidad del corazón femenino!» (Cap. 3).

A pesar de la afrenta, la humillación y la ignominia, Hester se niega a abandonar el poblado. Esta gallarda y noble determinación, también merece una reflexión por parte del narrador: «Pero hay una fatalidad, una sensación que casi invariablemente impulsa a los seres humanos a deambular y penar como fantasmas alrededor del sitio donde algún suceso grande e importante ha marcado sus vidas, y tanto más irresistiblemente cuanto más oscura sea la marca que les haya dejado» (cap. 5). La letra escarlata parecía haberle otorgado un como sexto sentido, la extraña adquisición de «una percepción muy especial, llena de comprensión por los pecados escondidos en otros corazones» (cap. 5). A veces producíanse en ella momentáneas e intermitentes pérdidas de la fe, que sólo cabía interpretar como «una de las más tristes consecuencias del pecado» (cap. 5). Pero estas tentaciones del Maligno eran pasajeras, pues su fe era honda y se robustecía cada vez más.

Tampoco había desaparecido en ella la femineidad que le era consustancial; a pesar de la sobriedad de su arreglo y de su esforzada labor cotidiana, de sus privaciones y abnegaciones, la femineidad permanecía con ella: «La que una vez fue mujer y dejó de serlo puede en cualquier momento convertirse nuevamente en mujer; depende sólo del toque mágico que logre efectuar la transfiguración» (cap. 13). Más adelante, cuando se entreviste con Arthur en el interior del bosque, lejos de toda mirada malsanamente curiosa, aunque sin ningún atisbo por parte de ambos de entregarse a su escondida pasión, despertará de nuevo en ella, bien es verdad que como una pura y efímera llama, aquella femineidad.

Como la inmensa mayoría de hombres que creen en la supremacía del reino del Espíritu, Nathaniel Hawthorne no sólo nos muestra un sacrosanto respeto hacia la condición femenina, sino que la considera igual, en lo que a sus potencialidades intelectuales se refiere, al hombre. Pero también sabe que en una sociedad, como en la que le tocó vivir a Hester Prynne, que no permite que la mujer desarrolle esas potencialidades espirituales e intelectuales, si la mujer se entrega a meditaciones especulativas, como era el caso de Hester, podía entristecerla más aún, pues, al fin y al cabo, está abandonándose a una tarea desesperanzadora. El primer paso para que la realización plena de la mujer sea posible, debe ser destruir la sociedad constituida y volverla a edificar. Naturalmente, Hawthorne no está manifestando aquí esas tendencias anarquistas destructivas que se exponen en los textos de Mijaíl Bakunin, para quien el nuevo mundo de su personal utopía ácrata debía levantarse sobre las ruinas completas del antiguo. Hawthorne está aludiendo sólo a la desigualdad existente entre hombres y mujeres, que debe ser corregida sobre la base de destruir, mediante la educación, los viejos e infundados prejuicios sobre la mujer. En ningún momento manifiesta Hawthorne esa ridícula idea de que hombres y mujeres deben ser completamente iguales en todo; por supuesto que deben continuar siendo diferentes en lo que a su naturaleza orgánica y a su vida anímica se refiere. La igualdad, como es lógico, la entiende Hawthorne como una igualdad jurídica y una igualdad de oportunidades. Ambos, hombres y mujeres, son sujetos de plenos derechos individuales, y, en este sentido, no puede haber restricción de ningún tipo en los derechos individuales de la mujer como miembro de la sociedad y de un cuerpo político. No obstante, sí es cierto que en Hawthorne, y especialmente en esta novela, se manifiestan ciertas tendencias vagamente anarquizantes, seguramente por influencia de dos pensadores estadounidenses a los que conoció personalmente y estimó: Ralph Waldo Emerson (1803-1882) y Henry David Thoreau (1817-1862), ambos de Massachusetts, el primero precisamente de Boston y el segundo de Concord. De igual modo que Thomas Jefferson, también Nathaniel Hawthorne estaba persuadido de que los derechos naturales del hombre de que habla el pensador inglés John Locke, tales como el derecho a la libertad, a la vida y a la propiedad, son verdades evidentes por sí mismas, no sujetas a demostración empírica, verdades, como si dijéramos, axiomáticas, tales como lo son las verdades geométricas[22]. Muchas de las principales ideas del liberalismo político de John Locke, tal como se manifiestan en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, cuya tercera y última edición en vida del autor es de 1698, pasaron a los Padres Fundadores, como el propio Jefferson, y a los mencionados Emerson y Thoreau. Para ningún historiador del pensamiento político es un secreto que las ideas antiestatalistas de William Godwin (1756-1836) proceden del liberalismo político de Locke, llevado en el caso de Godwin a sus últimas consecuencias, lo que no significa que el gran pensador político inglés n